Agitar y Servir - ¿Vino nuevo en odres viejos? - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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martes, 11 de noviembre de 2025

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Agitar y Servir - ¿Vino nuevo en odres viejos?

Hace solo unos días que he regresado de un viaje a Chad. Allí hay formalmente un régimen político de República Presidencialista, que en la práctica se parece bastante a una dictadura militar; pero también hay una sub-estructura popular, subordinada a aquella, que conserva organizaciones tradicionales jerarquizadas con cúspide en modestas monarquías cuyas competencias son asimilables a las de un juzgado de paz regido muchas veces por criterios bastante arbitrarios. No es el mejor ejemplo, pero me ha servido para reflexionar sobre lo que son, lo que deberían ser y lo que debería haberse superado tras el salto desde el denominado Antiguo Régimen al llamado Nuevo Régimen. Ese salto no se ha dado realmente en Chad, por la imposición de sucesivas dictaduras declaradas o encubiertas; pero en nuestro país, donde sí se ha dado -previas también dos dictaduras-, aún quedan reminiscencias o vestigios de aquél sistema antiguo que decidimos abandonar de forma acorde con los nuevos tiempos de libertad e igualdad. 

Ahora, cuando llego a España me encuentro con la noticia de la publicación en Francia del libro "Reconciliación", memorias o biografía autorizada del rey emérito Juan Carlos. Y lo que voy conociendo de las declaraciones y confesiones que hace el exmonarca me avergüenza a la vez que me indigna, tanto por lo que confirma, como por lo que enturbia con mentiras solo aptas para idiotas, como por las reacciones de ciertos sectores sociales que aceptan, justifican y hasta aplauden su desvergüenza, inmoralidad y presuntos delitos. Esto me anima a continuar con mi reflexión sobre lo antiguo y lo nuevo en política, la que me atrevo a compartir aún cuando sé que gran parte de quienes tenéis la gentileza de leerme vais a pensar que este es un asunto que no merece hoy demasiada atención. Como creo que sí, ahí voy con una modesta aportación, como siempre, como para acompañar  ese "andar por casa".

Todos comprobamos sin demasiada extrañeza que la monarquía, como sistema de jefatura de Estado, se mantiene  aún en el siglo XXI aunque es claramente un régimen sustancialmente arcaico y obsoleto, cuya pervivencia en democracias occidentales, como la española, resulta, cuanto menos, una anomalía. A pesar de que la monarquía parlamentaria se sostiene bajo el paraguas de la Constitución de 1978, votada mayoritariamente por los ciudadanos -con truco y atadura caudilla de por medio-, su propia existencia es contradictoria con los principios esenciales de una democracia real, plena y consecuente.  ¿Estaremos echando vino nuevo en odres viejos?

Mi crítica no pretende destinarse solo a las personas de la extensa familia real que, en cuanto personas públicas, deben estar expuestas a ella, y muchas de las cuales superarían con nota cualquier evaluación de su cometido, sino que intenta ser una crítica fundamentada, respetuosa y contundente a la propia estructura que sustenta este sistema, una estructura que parece encajar en la modernidad con el forzado "calzador de lo inevitable e imperativo", con un rol un tanto teórico y difuso de deber ser símbolo de estabilidad, continuidad y unidad. 

Una de las funciones prácticas que se le asignan a la Corona, ya que carece de poder político ejecutivo directo, es la de la ejemplaridad institucional. El Rey o la Reina, como símbolo de la unidad y permanencia del Estado, debería ser un espejo de la ética pública más rigurosa. Sin embargo, la historia reciente demuestra que esta función es  frágil, fácilmente eludida y frecuentemente fallida.

Los escándalos que han rodeado a la monarquía española, especialmente el comportamiento repudiable del ahora rey emérito, han puesto de manifiesto una grave flaqueza del sistema. La presunta comisión de delitos, el uso de influencias y el enriquecimiento presuntamente ilícito de quien fuera jefe de Estado revelan no solo una conducta personal cuestionable, sino también, y más importante aún, una carencia de mecanismos de control y rendición de cuentas adecuados. La sensación de impunidad absoluta que ha rodeado estos hechos es el argumento más demoledor contra la supervivencia de la monarquía. ¿Quién  podría asegurar que estas reales fechorías  no se van a producir más?Mientras que cualquier ciudadano respondería ante la justicia por actos similares, la figura del monarca parece operar cubierta ante cualquier irresponsabilidad efectiva, lo que pervierte el principio de igualdad.

También, el concepto mismo de jefatura de Estado vitalicia y hereditaria choca frontalmente con el pilar democrático de la igualdad ante la ley y la soberanía popular. ¿Cómo puede justificarse en una sociedad que se precia de ofrecer igualdad de oportunidades, de premiar los méritos y de elegir libremente  a sus representantes, que la máxima representación institucional sea un puesto asignado por nacimiento? El Rey no es elegido; su cargo es un privilegio ancestral por causa del linaje. Este hecho, en sí mismo, blanquea y normaliza la desigualdad social desde lo más alto de la pirámide institucional.

Por otra parte, la existencia y persistencia de una "corte" de privilegiados alrededor de la Corona es una realidad innegable. Este entorno, que va más allá de la estructura formal de la Casa Real, se compone de individuos cuyo acceso, influencia y modo de vida están ligados directamente a la monarquía. Ya los vemos en cacerías, en regatas, en la prensa rosa y en las noticias, siempre  interesantes para la opinión popular, sobre las insidias y enredos socioeconómicos y sentimentales de la aristocracia. Esto crea una burbuja de trato excepcional para quienes no desean rendir y de hecho no rinden cuentas a la sociedad de la misma manera que el resto de los poderes públicos y que, inevitablemente, genera una élite que se mueve socialmente con ventajas y al margen de mucho de lo que se le exige al resto de la ciudadanía y a los servidores públicos. Ese estilo de vida se presenta, además, como modelo deseable aunque casi inalcanzable y normaliza la injusta brecha social. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los poderosos aman la institución de la realeza, lo encuentro normal, les interesa. Pero  me preocupa que muchas personas de clase trabajadora también lo hagan y lo identifiquen como elemento imprescindible del amor patrio: es inmensa la propaganda y la pedagogía pro-monarquía.



Frente a la vulnerabilidad y el anacronismo de la monarquía, la posibilidad de una República ofrece una solución intrínsecamente más democrática y racional. Es cierto que un presidente electo puede también verse envuelto en escándalos o cometer actos de corrupción. Sin embargo, la diferencia fundamental radica en que su posición emana de la voluntad popular. Los problemas de un presidente están asumidos por la responsabilidad de los electores. El cargo es temporal y puede ser renovado o cesado en su debido momento. Existen, además, mecanismos de control que se oponen al criterio de inviolabilidad propio de la monarquía. 

A día de hoy, a algunos les parecerá que este no es un tema urgente ni necesario y que lo más que consigue es ahondar en la polarización y en la crispación, pero la aspiración a la República no es un mero capricho ideológico, sino un imperativo de la razón democrática y una búsqueda de una justicia institucional plena. Y debe plantearse desde la serenidad, el diálogo, el consenso y el más estricto respeto a la constitucionalidad (siguiendo los caminos de reforma que el ordenamiento permite). Debe ser un proceso basado en la libertad de la ciudadanía para decidir su forma de Estado y en la justicia de que todos los cargos públicos, sin excepción, nazcan del mérito y la elección, y estén sujetos a una rendición de cuentas estricta.

La jefatura del Estado, al igual que cualquier otro poder, es un servicio temporal sujeto a la ley y al veredicto popular. Solo así, con la eliminación de los privilegios por nacimiento en la cúspide del Estado, se alcanzará una democracia que no necesite de calzadores para justificar su integridad. Así el Estado tendrá mayor fuerza moral para combatir la brecha social y económica que padecemos y que, por cierto, sigue aumentando cada día incluso en tiempos de bonanza económica, según se desprende, entre otras informaciones, del IX Informe FOESSA encargado y difundido por Cáritas.

Pepe Montes.