No solo "quisiera pensar" , sino que "pienso", que la luz disipará todas las sombras. Tengo esperanza y sé -no solo sueño-, que llegará ese tiempo que todos anhelamos de paz, justicia, fraternidad y bienestar social común. Hacia ahí nos encaminamos lenta, intermitente, pero imparablemente a pesar de los múltiples extravíos en ruta derivados de errores propios o provocados por quienes parecen interesados en no llegar a esa meta común, sino a meros objetivos egoístas particulares inmediatos. La historia de la humanidad es una constante confrontación entre la grandeza del espíritu que mueve al compromiso solidario por el bien común -la luz- y las bajezas de la ambición que empujan al individualismo egoísta e injusto -las sombras-. Hoy, Primer Domingo de Adviento, es buen momento para hablar de esperanza.
En estos tiempos contemplamos -y de una u otra forma también estamos inmersos- un panorama global y local marcado por la corrupción, los abusos de poder, las ventajas clasistas, la indiferencia ante el clamor por la justicia y la igualdad, la apuesta por las soluciones armamentísticas en conflictos internacionales, los descartes de los vulnerables, la mentira deliberada, las codicias insaciables y el cinismo que intenta excusarse culpando a los demás. Estos males no son nuevos, pero su visibilidad y las consecuencias que están dejando en el tejido social y democrático son cada vez más perniciosas. Sin embargo, en medio de esta desalentadora realidad, algo nos permite resistir con confianza en el porvenir social: la esperanza. Esta no es una esperanza ingenua, sino que se construye cada día sobre la conciencia, la acción y el compromiso ético.
Para superar estos problemas, es muy importante comprender su raíz sociológica. La corrupción y los abusos prosperan en sistemas donde el poder es desempeñado sin adecuado control por unas élites, no solo políticas, y el acceso a la información veraz es obstaculizado de forma calculada.
Sociológicamente, estos fenómenos se explican porque cuando las normas sociales, las leyes y la ética se debilitan, la impunidad de los poderosos es la norma, la falta de valores se manifiesta tanto en lo pequeño como en lo grande y la confianza en las instituciones democráticas se desvanece. La ciudadanía percibe que el sistema está diseñado para proteger a los poderosos, no para practicar la justicia. Además, en estas sociedad de la inteligencia artificial, las relaciones personales de favores, privilegios, ventajas y enchufismos superan al mérito, la sana competencia, la inteligencia natural y la legalidad. Esto crea redes de clientelismo donde los cargos y beneficios se canjean por lealtades personales de puro interés, consolidando estructuras de poder corruptas, cerradas y opacas. A esto se añade la codicia alimentada por un individualismo soberbio y egoísta y la búsqueda de riqueza rápida, la mayoría de las veces a costa del bien común presente y futuro.
La erradicación total de estos vicios parece un ideal utópico, pero su minimización y la superación de sus consecuencias son objetivos absolutamente alcanzables a través de vías concretas como son la exigencia de transparencia radical y rendición de cuentas a los gobernantes y a sus respectivas administraciones e instancias previas mediante la publicación proactiva y en formatos accesibles de toda la información gubernamental, fortaleciendo además los órganos de control, las auditorías y las fiscalías.
El cambio más profundo viene a través de la educación en valores que promueva el desarrollo de una conciencia cívica robusta. Desde la escuela hasta los espacios laborales, debe impulsarse la ética pública y el valor del bien común por encima del interés personal. Una ciudadanía bien informada y educada es menos manipulable por la mentira y más exigente con sus organizaciones sociopolíticas y sus líderes.
También la justicia parece afectada por la corrupción y por el abuso de poder. Mientras la justicia sea lenta, selectiva o permeable a las presiones políticas, la esperanza se tambalea. Es imperativo asegurar una justicia independiente, con jueces y fiscales insobornables, ni material ni ideológicamente, y procesos judiciales ágiles que garanticen el debido proceso y el castigo efectivo de cualquiera de los delitos, también los de cuello blanco.
Y los caminos de solución estable procederán de la base. La transformación social no vendrá solo de arriba; requiere una acción cívica comprometida de abajo hacia arriba. El compromiso comienza en las urnas y se mantiene investigando a los candidatos mediante la vigilancia activa de sus promesas y acciones. Viendo lo que vemos, seguramente la mayoría de ciudadanos deberá optar por lo que considere menos malo, porque no se salva íntegramente ni uno, aunque, claro está, nadie asume culpas y todos acusan, con y sin razón, a los adversarios, que más bien parecen enemigos en sus guerras por el poder al margen del verdadero interés general. Eso tenemos, pero eso cambiará.
Hay corruptos y corruptores. Bien asociados, algunos poderosos económicos con algunos políticos indecentes, se creen inmunes y, con algunos jueces afines, se muestran impunes. La ciudadanía debería castigar con su elección de consumo a las empresas que operan con opacidad o violan normativas éticas y, sobre todo, a las que se han visto envueltas en escándalos de corrupción.
Gran importancia tiene la selección y elección de buenos líderes. El líder que puede animar estas transformaciones no es necesariamente el político tradicional. Debería ser un nuevo perfil que encarne los valores que la sociedad exige. Su trayectoria ética debe ser su principal credencial, porque proponga rutas y medios para alcanzar el desarrollo sostenible y el bienestar común y actúe con coherencia entre lo que dice y lo que hace. Líderes que antepongan la sostenibilidad social y el futuro del país al rédito electoral inmediato. Líderes políticos que entiendan el poder como una responsabilidad temporal, no como un privilegio vitalicio. Que estén dispuestos a escuchar a todos, incluso a las minorías, a compartir democráticamente el poder y a traspasarlo llegado el momento. Que muestren capacidad para enfrentar las estructuras de corrupción y los ataques de los antidemócratas, que siempre son demasiados, con la verdad por delante, con determinación y sin claudicar.
La meta final es una sociedad limpia, que no significa libre de errores, sino una donde las instituciones funcionen bajo el principio de la ética pública y la ley se aplica sin distinción. El motor de este cambio es la voluntad colectiva de no resignarse. La esperanza no es esperar que otros hagan el trabajo, sino la convicción profunda de que la acción individual y colectiva, basada en la ética, puede y debe reencauzar el destino de nuestras democracias hacia el horizonte de la igualdad y la justicia.
Los abusos, las corrupciones, las mentiras, el descarte de los más vulnerables, la sordera ante el clamor de justicia e igualdad, las codicias y las artimañas antidemocráticas... son grandes sombras, pero una ciudadanía despierta y organizada es la luz que inevitablemente las disipará. Es Adviento y también uno mismo espera y debe hacer su propia transformación.
Pepe Montes.

