Ciertamente, en este mundo de hoy día hay muchas cosas buenas, muy buenas, que nos satisfacen a la inmensa mayoría y nos alegran; o, dicho de otro modo, no todo va mal a pesar de lo que a veces pudiera parecer y algunos estén encantados de proclamar. Pero también es cierto que la realidad está empapada por una intensa lluvia ácida de ideas y comportamientos humanos perniciosos para la salud del mundo, que está haciendo germinar lenta pero imparablemente la cultura del antivalor... ¿Que no?... Navegad por curiosidad por las redes sociales y leed las opiniones que se vierten ante tal o cual noticia o acontecimiento controvertido. Seguramente os resultará irritante, como a mí, y tal vez os asustará. Eso es en la pequeña escala, pero en la media y en la grande es aún más inquietante. A nada que atendemos a la actualidad diaria observamos con preocupación lo que podría calificarse como una progresiva degradación democrática, que se manifiesta, entre otras muchas cosas, por un ambiente bastante denso y tenso de corrupciones políticas, empresariales, mediáticas y judiciales, por una creciente desigualdad o brecha social entre ricos poderosos y pobres vulnerables, por el auge de populismos -que, si no se invierte la tendencia, será antesala de autoritarismos-, y por un movimiento bastante extendido de ultraderechización fascista. Sufrimos una verdadera crisis global, puesta de relieve por la persistencia de conflictos bélicos muy cruentos en muchas partes del mundo, por una acelerada crisis ecológica y por el fracaso, desde dentro o por implosión, del llamado multilateralismo en las relaciones internacionales. La hegemonía del neoliberalismo y de las intenciones supremacistas configuran un poder tan enorme que los medios convencionales no logran contrarrestar, generando una sensación de estar, ya, en lo que sería una "era de la postdemocracia".
Y todo esto sucede, no por una fatalidad universal incontrolable, sino por las decisiones bien calculadas de los poderes reales, con la cooperación de muchos actores -se me antoja pensar que muchas veces son tontos útiles-, y ante el beneplácito, la conformidad, la resignación o la indiferencia de una "buena mala parte" de la ciudadanía mundial.
Sí, hay muchas realidades verdaderamente gratificantes pero avanzamos sin tregua, si no lo remediamos a tiempo, hacia una crisis rotunda y profunda de valores, y esto debería cambiar cuanto antes, sin pausa, pero con prisa y buen cálculo racional e inteligente.
Ante la magnitud del poder estructural, el cambio real exige una acción que vaya más allá de los métodos políticos habituales. Se necesita un cambio estructural desde la base. La vía más eficaz para transformar las estructuras es animar al cambio de la mentalidad, del espíritu y de la actitud de las personas, a una escala lo más global posible, con propuestas de verdadera libertad y hacia el sentido del bien. Eso es educación en valores.
El proceso de cambio debería comenzar con la articulación de un renovado fundamento moral y ético, y su posterior difusión. El primer paso es identificar, acordar y declarar los valores esenciales de la forma más consensuada posible, a partir de procesos participativos coordinados por organismos, desde los locales a los internacionales. Esto, aunque es muy difícil, yo lo considero factible, porque ya se hizo ese esfuerzo consensuador, por ejemplo, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la definición de los ODS, en las sucesivas declaraciones y compromisos de las COP y en muchísimos acuerdos de ámbito universal en temas económicos, de justicia, de salud... y porque ya, de hecho, hay bastante consenso en cuanto se aborda serena y seriamente el tema de los valores humanos. Definidos los valores, el siguiente paso es educar activamente en ellos.
La más inmediata excusa de quienes están en contra de estas transformaciones es esgrimir el peligro del adoctrinamiento. Precisamente los que más advierten de ese peligro, suelen ser quienes lo practican y no quieren perder ventajas. Esto se tiene que distinguir inequívocamente del adoctrinamiento, ya que se debe concebir como un proceso de educación en libertad con la participación de todos, con medios y métodos coherentes con el bien común. Nos hace falta una Pedagogía que eduque en los valores esenciales de la democracia. El objetivo no es la uniformidad, sino la unión en torno a un proyecto común de buen vivir, respetando la pluralidad individual pero orientando el esfuerzo colectivo hacia el bien común o el interés general. Sería un contrato ético basado en valores compartidos. En un mundo complejo, marcado por extremismos, desigualdad y desafíos a la sostenibilidad, la verdadera regeneración democrática no puede limitarse a reformas políticas superficiales, debe cimentarse en una profunda educación en valores que oriente a la ciudadanía y a sus líderes hacia el bien común.
Una sociedad que aspira a la igualdad, a la libertad, a la sostenibilidad, al progreso real y a la cooperación entre los ciudadanos y entre los pueblos necesita individuos, desde las bases hasta los líderes, con un sólido sentido cívico y ético. Sin la interiorización de valores como el respeto, la empatía, la justicia social y la responsabilidad medioambiental, cualquier política, por bien intencionada que sea, está condenada al fracaso o a la instrumentalización. La educación en valores es, por tanto, el motor para transformar las promesas democráticas en realidades tangibles.
La transmisión de estos valores es una tarea transversal y compartida, que exige el esfuerzo y la inversión coordinada de múltiples actores. En este cometido de transformación hacia el bien común, las grandes esferas del conocimiento y la fe tienen un rol insustituible.
La función de la Ciencia y la Tecnología es proporcionar el conocimiento objetivo y las herramientas para alcanzar objetivos de sostenibilidad, salud, energía, etc. Sin embargo, deben estar guiadas por la ética para asegurar que el progreso tecnológico no amplifique la desigualdad o socave la privacidad y la autonomía humana. Las Humanidades -Filosofía, Historia, Literatura- son el alma de la educación en valores. Proporcionan el marco para el pensamiento crítico, enseñan a interpretar la complejidad del pasado y del presente, y permiten a los ciudadanos comprender conceptos profundos como la justicia, la libertad, el sentido de la historia y la condición humana. Son esenciales para cultivar la empatía y la capacidad de juicio moral.
Y las Religiones a menudo ofrecen el fundamento trascendente, las más altas motivaciones para la moralidal y el comportamiento hacia la bondad y el bien. Su papel debe ser el de promover la paz, la fraternidad y la responsabilidad social y ecológica en un marco de diálogo y de relaciones interreligiosas ejemplares. Deben proponer caminos y metas acordando consensos, pero a la vez deben abstenerse de imponer su visión ética a través de la coacción legal o política, respetando la laicidad de los Estados.
En conclusión, la regeneración democrática es fundamentalmente una tarea pedagógica. La inversión en una educación cívica y ética robusta es la política pública más estratégica que una nación puede emprender. Solo al dotar a las nuevas generaciones de una brújula moral sólida, centrada en el bien común y el respeto por la dignidad de todos, podremos garantizar la estabilidad, la justicia y la vitalidad de nuestras democracias en el futuro. La ética no es un apéndice de la política, sino su cimiento más seguro. No aceptaremos, sin más, la instalación de la postdemocracia... parece un monstruo y la educación en valores acabará con su posibilidad.

