Escribo este artículo no desde la apatía ni desde el desencanto paralizante —aunque causas no faltarían—, sino, al contrario, desde la esperanza de que todo va a cambiar y, por eso, tras reflexionar como buenamente sé, me decido a opinar públicamente, a expresar compartiendo con quienes piensan parecido a mí y, por qué no, a intentar persuadir a quienes, no pensando igual en principio, puedan aceptar estas reflexiones y tal vez se sientan interpelados.
Estamos acostumbrados a asistir a ciclos electorales en los que la política partidista no deja de mirarse al ombligo envuelta en dinámicas de trinchera, promesas olvidadas tras el recuento de actas y un ruido mediático que sistemáticamente normaliza el aplazamiento y el olvido de lo verdaderamente urgente e importante para la gente: batallitas políticas —dijo alguien—, mientras el mundo espera.
Creo que más pronto que tarde debería llegar el momento de intentar alterar esa inercia. Están a nuestras puertas algunos de los comicios democráticos y siempre es buen momento para asumir una certeza fundamental: la democracia no es un cheque en blanco cada cuatro años, sino un contrato social vivo que exige fiscalización, valentía y coherencia.
Hoy quiero transmitir que cuando llegue ese momento, deberíamos pensar y actuar exclamando con alivio, seguridad y "empoderamiento" que AHORA NOS TOCA A NOSOTROS. Nos toca a los ciudadanos tomar la palabra y, sobre todo, usar el instrumento más poderoso que posee una sociedad libre, que siendo personal se convierte en colectivo: el voto consciente, riguroso y transformador. Es nuestra gran ventana de oportunidad —permitidme está expresión que está de moda—.
Ese será el momento de la evaluación final de lo que han hecho los políticos durante el periodo precedente y de decidir lo que podrán hacer con nuestra confianza. Merecerán nuestro castigo o nuestra aprobación. Será lo que nosotros digamos. Y, por el bien común, debemos ser implacables, flexibles o impulsores, según corresponda.
Deberíamos afrontar los comicios con la determinación de aplicar un voto de castigo "ejemplar" allí donde la política ha fallado a la gente. La impunidad política se acaba en las urnas.
Voto de castigo a los gobiernos inoperantes, sancionando con severidad la desidia, la parálisis administrativa, la incapacidad de gestión y el incumplimiento flagrante de los programas electorales. Quien asume la responsabilidad de gobernar lo hace para resolver problemas, no para gestionarlos buscando solo escaparate ni para escudarse en excusas burocráticas mientras los servicios públicos fundamentales caen en cantidad y calidad.
Voto de castigo también contra la oposición irresponsable porque el rigor democrático no solo se exige a quien ostenta el poder. Podremos sancionar con la misma severidad a la oposición que ha priorizado el acoso y derribo, la desgastante política del bloqueo, la crispación vacía y el "cuanto peor, mejor". La ciudadanía no necesita pirómanos de la convivencia ni destructores del debate institucional, sino propuestas viables y fiscalización constructiva.
Por otra parte, en estos tiempos en que se pretende normalizar el retroceso en derechos consolidados, la respuesta democrática debe ser categórica y sin matices. Deberíamos depositar un voto de cierre a la regresión y castigar rotundamente a cualquier formación o proyecto que propugne o propicie la involución en derechos sociales, laborales, civiles o libertades individuales. No podemos tolerar que se pongan en cuestión las conquistas que a generaciones enteras les costó décadas alcanzar.
Y debería ser un voto de veto frente al negacionismo climático y la miopía cortoplacista que atenta contra los Objetivos de Desarrollo Sostenible, porque la sostenibilidad económica, social y ecológica no es un lujo ideológico; es la única garantía de supervivencia y prosperidad para nuestras comunidades.
Pero, del mismo modo que debemos exigir cuentas por los errores y las malas prácticas, la responsabilidad democrática exige saber reconocer el trabajo bien hecho y las actitudes constructivas. Por eso deberíamos ofrecer un voto de confianza a las administraciones y representantes que, aun enfrentando coyunturas complejas, han actuado con audacia, honestidad, transparencia y compromiso social demostrable poniendo de manifiesto el coraje político por encima del cálculo electoral.
También podríamos otorgar confianza a la oposición leal y útil. Ahora podremos premiar a aquellas fuerzas políticas que, desde la oposición, han sabido tender la mano en los momentos de crisis, han presentado alternativas serias y han ejercido un sentido de Estado o de comunidad al margen del partidismo destructivo.
Y daremos nuestro respaldo a aquellas propuestas que entiendan la economía no como un fin en sí mismo para el beneficio de unos pocos, sino como una herramienta al servicio de la dignidad humana, la equidad redistributiva, el trabajo digno y la cohesión social. Nuestro apoyo a quienes promuevan acciones sociales y políticas en favor de la juventud y las clases trabajadoras. A quienes han mostrado que buscan una sociedad con salarios, viviendas e infraestructuras dignas, pensiones seguras y unos servicios públicos de calidad. A quienes impulsan un compromiso ecológico o medioambiental. A quienes apuestan por la vida: una vida verdaderamente digna.
Ahora ya es momento de exigir que la agenda de los próximos gobiernos sitúe en el centro estratégico las políticas activas de inclusión, no discriminación y cohesión social para construir ciudades y pueblos acogedores. Y en el ámbito internacional queremos políticas basadas en la diplomacia, el diálogo, la resolución pacífica de conflictos y el rechazo a discursos de odio o belicismo.
En fin, es el momento de reclamar una regeneración ética de las instituciones que garantice la lucha contra la corrupción, la transparencia radical y la participación ciudadana continua en las decisiones públicas.
A quienes corresponda les tenemos que decir que no esperen de nosotros indiferencia ni resignación. En las próximas citas con las urnas no votaremos por inercia, ni por colores heredados, ni por miedo. Votaremos con memoria, con exigencia y con una profunda convicción de futuro.
Sí, amigos: premiaremos el compromiso real con la ciudadanía y castigaremos la soberbia, el engaño y el retroceso. ¿Habrá alguien digno o habrá que ser flexible y elegir lo menos malo con firmes exigencias durante el periodo? Cada uno verá, ¡pero que mire bien! Un método interesante puede ser establecer nuestras prioridades e ir descartando a quienes se alejan de ellas.
Porque la democracia nos pertenece, Y AHORA NOS TOCA A NOSOTROS.
Pepe Montes.

