Agitar y servir - Indignación sin ira - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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viernes, 3 de julio de 2026

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Agitar y servir - Indignación sin ira

Desde hace bastante tiempo estoy viendo cosas en la escena sociopolítica española y mundial que casi me sacan de mis casillas. De hecho, a veces sobrepaso la raya de la sana indignación y pierdo la necesaria paz interior, aunque después logro retornar con la práctica de ejercicios nada fáciles de autocontrol, serenidad y templanza, a pesar de que mi espíritu "cabreado" me pediría otra cosa. Creo que resisto, pero la presión es fuerte desde uno y otro lado, aunque mucho más desde el flanco derecho, que casi todo lo que hace me desquicia, ¿por qué no decirlo? 


En una época donde el debate, incluso la conversación pública, parecen atrapados en un bucle de confrontación y descalificación, quienes nos sentimos llamados a transformar la realidad desde los valores del Evangelio enfrentamos un dilema crucial: ¿Cómo mantener un compromiso sociopolítico sin caer en la hoguera de la crispación ni alimentar la que ya está calcinando algunas relaciones sociales? ¿Cómo combatir sin ira? 


Para mí, la respuesta no está en la irritación estéril ni en la retirada por desaliento ni en el silencio cómplice ni en la actitud indolente e indiferente. Está en asumir, propagar y poner en práctica, en la medida de nuestras posibilidades, la Doctrina Social de la Iglesia, que adopta el principio del bien común, inseparable a una apuesta radical por la democracia y el respeto a la dignidad humana, pero con espíritu de noviolencia, bien entendido, lo que no resulta nada fácil. 


Ante las heridas de un mundo desigual, la denuncia de la injusticia es un imperativo ético para cualquier persona que ama el bien. Además, para quienes decimos que nos debemos a él, el compromiso cristiano no puede ser neutral ni aséptico. Aceptar este marco progresista y transformador nos obliga a mantener una opción preferencial por los pobres y nos exige defender los derechos humanos en todas sus dimensiones, alzar la voz contra la precariedad salarial, reivindicar la efectividad del derecho a la vivienda, promover la acogida digna a los inmigrantes y, en definitiva, exigir la erradicación de la pobreza. Nos interpela a impulsar la cooperación internacional y el desarrollo sostenible. Nos empuja a promover una ecología integral, lo que implica entender que el clamor de la tierra y el clamor de los pobres son un mismo grito. Es una lucha permanente contra la involución social a la que nos quiere conducir la ultraderecha, contra la demagogia y el cinismo de la derecha, que quiere el poder político para beneficiar a los que ya tienen el poder económico, y contra la hipocresía y la mediocridad de cierta izquierda que, cuando toca poder, se olvida de a quién debe servir y se dedica a servirse a sí misma. Es no tolerar ni la corrupción ni la injusticia ni los métodos antidemocráticos de políticos, jueces o servidores públicos, sean del color que sean.


Sin embargo, la legitimidad de estas causas se devalúa cuando imitamos las dinámicas del odio. Es perfectamente posible —y hoy más necesario que nunca— ejercer una militancia activa y una denuncia pública contundente desde las virtudes de la templanza, la serenidad y la moderación dialéctica: desde la noviolencia activa.


La indignación profética ante la injusticia es sana y saludable; la rabia destructiva que deshumaniza al oponente, no. Para mantener esta actitud hay que estar bien informados. Pero hacerlo a través de los medios convencionales —tan sesgados— y ahora digitales —tan "algoritmados"— sin perder la paz interior, requiere un entrenamiento ascético de la atención y la objetividad. Consumir información para comprender, no para buscar munición verbal. El debate democrático no es una guerra de exterminio cultural, sino que debe ser un espacio de discernimiento colectivo. La verdadera convicción política firme no se mide por los decibelios del grito, mucho menos por la desvergüenza del insulto, sino por la solidez de los argumentos y la coherencia de la vida.


Mantener el compromiso sin caer en la crispación exige la valentía de la templanza: ser radicalmente exigentes con la justicia, pero infinitamente respetuosos con las personas. Solo así nuestra presencia en el espacio público será un bálsamo que reconstruya el tejido social y no otro ácido más que lo destruya. 


No me gusta nada y me desquician la idea, el discurso y la práctica política de quienes van a gobernar Andalucía. Sé a dónde nos quieren llevar aunque no lo declaren todo abiertamente. Lo mismo me pasa con quienes, con muy malas artes, pretenden llegar al Gobierno de la Nación. Pero aceptaré lo que venga según nuestras reglas democráticas, aunque las formas utilizadas para desbancar al adversario no lo sean y el discurso que les aupa vaya contra gran parte de mis convicciones, y yo diría  contra el bien común. No puedo entender que propuestas tan regresivas y formas de hacer política tan perversas sean apoyadas electoralmente por mayorías suficientes. 


Estoy muy indignado, sí. Soy y seré crítico, pero intentaré ser respetuoso con las personas y no perder la compostura. Con paciencia. Sin ira. 


Pepe Montes.