Agitar y servir - ¿Qué clase de seres humanos queremos ser? - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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viernes, 7 de agosto de 2026

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Agitar y servir - ¿Qué clase de seres humanos queremos ser?

Ahora Ceuta. Hasta hoy van contabilizados 141 muertos. Para gran parte de las autoridades, de los comunicadores y de la opinión pública son números. Son anónimos. Para quienes les conocían y amaban y les han perdido, eran mucho más. Y para quienes tenemos al menos la mínima categoría de sensibilidad humana significan dolor, indignación y esperanza de justicia.


Mirar las migraciones con compasión y solidaridad no es una postura utópica; es un ejercicio de realismo histórico y de coherencia ética. Reconocer que ningún ser humano es ilegal y que el derecho a buscar una vida mejor es inherente a la dignidad humana es el primer paso para construir un mundo más justo, próspero y verdaderamente humano.


Vaya por delante que, salvo en circunstancias de vida o muerte, no aconsejaría a ninguna persona natural de países pobres o convulsos que emigrara irregularmente —"sin papeles"—, de cualquiera de las formas posibles, a los países que se identifican como desarrollados en lo económico, aunque son manifiestamente subdesarrollados en empatía  y solidaridad. Pero eso es muy difícil de explicar desde mi posición confortable relativa y más difícil de entender desde la posición de precariedad límite de ellos. Y les comprendo cuando lo hacen y lo sufro cuando suceden episodios como el que acabamos de padecer en Ceuta. Una vez más muchos hermanos pobres, seres humanos con los inherentes derechos, han fracasado en su pretensión de alcanzar un porvenir de dignidad, incluso pagando el precio de su forzada temeridad con la muerte; han sido y están siendo instrumentalizados ideológica y políticamente. ¡Pobres ellos! ¡Malditos los que lo han propiciado, alentado o permitido! —Ojo, que en esta última exclamación es posible que haya una parte alícuota, aunque sea ínfima, que me corresponda aplicarme a mí mismo—.


Migrar no es, normalmente, un acto de audacia ni un capricho del destino; es, casi siempre, un acto de resistencia fundamental por la vida. Desde los comienzos de la civilización, el ser humano se ha desplazado para sobrevivir, para buscar horizontes donde la existencia no fuera un combate diario contra el hambre, la violencia o la falta de futuro. Sin embargo, en este siglo XXI, el acto de traspasar una frontera se ha convertido en uno de los dilemas éticos, políticos y sociales más complejos y controvertidos de nuestro tiempo.


Afrontar con humanidad el fenómeno migratorio hoy requiere alejarse de los discursos del miedo y recuperar una mirada compasiva, comprensiva y solidaria. No se trata de una compasión paternalista ni condescendiente, sino de un reconocimiento ético que nace al mirar al otro a los ojos y entender que su búsqueda es la misma que la nuestra: supervivencia, seguridad, dignidad y posibilidad de prosperar. Quienes tienen entumecida el alma solo ven "amenaza migratoria", "avalancha"  e "invasión" .


Hoy en día la migración no es un fenómeno aislado ni una "crisis" puntual; es la expresión más palpable y sangrante de un mundo profundamente desigual. Y es una cuestión de justicia. Vivimos en un mundo asimétrico donde la suerte del lugar de nacimiento determina, en una desproporción sin mesura, las esperanzas de vida, el acceso a la salud, la educación, el trabajo digno y la seguridad personal.


Mientras el dinero, las mercancías y los datos circulan por el planeta con una fluidez casi instantánea, las personas que nacen en el lado equivocado del mapa no llegan a acceder a lo imprescindible para una vida digna y encuentran muros, concertinas y burocracias inexpugnables para ir a su encuentro. Las migraciones nos enfrentan a la paradoja de la globalización: hemos unificado los mercados, pero hemos fragmentado la justicia y los derechos y hemos perdido la empatía humanitaria que nos empujaría a buscar soluciones. El migrante intenta buscarla por sí mismo con la urgencia de la opción entre la vida  o la muerte.


Para comprender el viaje del migrante es imprescindible entender la magnitud de lo que se deja atrás. ¡Es tan evidente que no entiendo las discusiones al respecto! Nadie abandona voluntariamente su hogar, su cultura, sus recuerdos y sus afectos para arriesgar la vida en rutas inciertas sin una causa desesperada. Las raíces de la necesidad de emigrar son complejas, pero básicamente las localizamos en la pobreza estructural y en la falta de oportunidades, en la violencia o la persecución y en las consecuencias de la crisis climática.


Durante décadas, el debate internacional se ha centrado en el derecho a emigrar y en el derecho al asilo, reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, resulta necesario reivindicar un derecho previo y vital, pero que no cancela aquél: el derecho a no tener que emigrar forzosamente. Es el derecho al arraigo, por el que todo ser humano tiene derecho a encontrar en su propia tierra, en su comunidad y en su país, las condiciones económicas, sociales y políticas necesarias para desarrollarse plenamente sin verse obligado a huir.


Garantizar el derecho a no emigrar exige transformar radicalmente las relaciones, hoy tan injustas, entre el Norte y el Sur global. Ciertamente hay que buscar y aplicar las soluciones en origen, pero no deben entenderse solo para frenar flujos, sino como un compromiso ético de justicia distributiva que ponga empeño en favorecer unas relaciones comerciales justas y simétricas, en promover inversiones reales en desarrollo humano, en trabajar por la justicia climática y en luchar contra la corrupción y la fuga de capitales de los países en desarrollo. 


Verdaderamente la libertad no consiste únicamente en poder marcharse, sino también en poder quedarse. Pero cuando lo segundo impone renunciar a la vida digna, lo primero puede ser apremiante: marchar a buscarse la vida. Algunos tratan el asunto como si quedarse, a pesar de las circunstancias indignas, fuera más un deber que un derecho, cuando no tiene base para cumplirse ni como lo uno ni como lo otro. Y, así, demonizan al migrante  apelando a su "deber de ejercer su derecho" a quedarse en su tierra. Esto lo he oído yo a comunicadores de primera línea, incluso de cabeceras informativas católicas. ¡Vaya cinismo rebuscado!


Son ilegales, dicen los voceros del sistema del odio al diferente. La realidad demuestra que la irregularidad administrativa, cuando se traspasan fronteras sin autorización, en la inmensa mayoría de los casos es la consecuencia directa de la falta de vías legales, seguras y accesibles. Cuando los canales legales para migrar o solicitar asilo son impracticables, la desesperación no desaparece; simplemente se desvía hacia las redes de tráfico de personas. La clandestinidad no es una elección del migrante, sino una trágica servidumbre impuesta por políticas de cierre de fronteras. 


Y, además, gente "muy seria y responsable y con sentido de Estado"  se opone a la posibilidad de regularización. Ellos dicen que las regularizaciones "masivas"  provocan un "efecto llamada"; pero, realmente, si son integradoras y responden a reclamos periódicos, por las circunstancias que acompañan, son un acto de pragmatismo y justicia social. Ante hechos y realidades consumadas, con tales premisas, es imprescindible la regularización. Sacan de la sombra a miles de personas reconociéndoles derechos laborales y sociales básicos. Combaten la economía sumergida, obligando a empleadores a cotizar y pagar salarios dignos. Fortalecen la cohesión social, evitando la creación de bolsas de marginación y exclusión. Aportan al mantenimiento de los servicios públicos y al equilibrio del sistema de pensiones en sociedades envejecidas.


Uno de los aspectos más lamentables del debate contemporáneo es la instrumentalización política de las migraciones. Con frecuencia, el migrante es convertido en el chivo expiatorio perfecto para canalizar las ansiedades, la precariedad y el descontento de las sociedades de acogida. ¿Vemos quiénes lo hacen, o no? Nos ofrecen una retórica del miedo, la criminalización y la estrategia de deshumanización, para pasar después a una utilización electoralista. Y parece que tienen su éxito. Es lamentable y me producen vergüenza.


La deshumanización del migrante despoja al debate público de su carga ética. Al reducir personas con historias, nombres y sueños a meras cifras o "amenazas", se abre la puerta a la erosión de los propios valores democráticos y de los Derechos Humanos que las sociedades desarrolladas afirman defender.


La gestión de las migraciones no se puede resolver mediante el aislamiento, la militarización de los límites territoriales o la externalización hipócrita de los controles de fronteras. Se requiere un cambio de paradigma hacia una gobernanza global renovada estableciendo vías legales y seguras, cumplimiento estricto de los DDHH, corresponsabilidad internacional y promoción de una integración bidireccional, donde la sociedad que recibe y acoge garantiza igualdad de derechos y oportunidades, y la persona acogida aporta su talento, trabajo y diversidad cultural.


La forma en que tratamos a las personas migrantes es un verdadero termómetro moral de nuestra sociedad. No se trata solo de qué mundo estaremos dispuestos a ofrecer a quienes llegan, sino de qué clase de seres humanos queremos ser quienes ya estamos. Si seguimos la tendencia que quiere marcar la política ultraconservadora no vamos bien. Digo yo... y no sé qué pensáis vosotros, mis pacientes y compresivos amigos lectores.

Pepe Montes.