Agitar y sevir - El desafío de informarse para decidir con criterio. - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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domingo, 21 de diciembre de 2025

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Agitar y sevir - El desafío de informarse para decidir con criterio.

Una persona sin información es una persona sin opinión; si no opinas, no puedes decidir; y si no decides, no participas activamente en democracia. En definitiva, y por lógica  transitiva, si no hay información, no hay democracia, porque la primera es básica e indispensable para la última. En la práctica actual la información se ha sumergido en una niebla densa donde la luz de la verdad compite a gritos con el ruido organizado de la desinformación llevada a efecto a través de la ocultación, el bulo y la mentira. Moverse con buen rumbo por este sospechoso o desconfiable sistema mediático es el gran desafío cívico de nuestro tiempo.


Hoy nos informamos preferentemente a través de la pantalla digital y el algoritmo, especialmente las nuevas generaciones. El uso y consumo de la información migró desde la televisión, la radio y la prensa escrita a las plataformas digitales, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. Esto trae consigo, entre otras cosas, una personalización que sesga la comunicación informativa; no solo es el ciudadano quien busca la noticia, sino más bien es la noticia -o lo que el algoritmo decida que es de su interés- la que encuentra al ciudadano. La inmediatez y la manipulación de la comunicación, a gusto de proveedores y de consumidores de noticias, análisis y opiniones son la norma, a menudo a expensas de la veracidad, de la verificación o de la verdad.


Bajo esta inmensa y compleja actividad analógica o digital de comunicación, hay consolidada toda una estructura de poder que constituye un verdadero oligopolio mediático. En la mayoría de los países, el control de los medios de comunicación -grandes  emisoras de televisión y radio, potentes cabeceras digitales y aplicaciones de streaming y redes sociales- se concentra en un puñado de grandes grupos empresariales. ¡Es el mercado!, también aquí, ¿cómo no? Este mercado mediático está ligado a intereses económicos y controlado mayoritariamente por los más ricos y poderosos en cada ámbito y, por conexión, muy relacionado con decisiones de carácter político. 


Las líneas editoriales muy rara vez son el resultado exclusivo de un debate periodístico libre e independiente; por lo general siguen instrucciones y reflejan las afinidades ideológicas, las dependencias publicitarias o las conexiones empresariales de sus propietarios. El pluralismo mediático es así muy reducido, no por la falta de diversidad de criterios y voces, sino por la homogeneidad de los poderosos propietarios de las plataformas más influyentes. La información se transforma en un producto donde la rentabilidad y la influencia -el poder económico y político- son los objetivos primarios.


Explicado tal vez con cierta simplicidad: los poderes económicos necesitan una opinión pública y unos políticos favorables; son los medios de comunicación quienes crean e influyen en la opinión pública y ésta la que estimula las decisiones políticas encaminando u orientando hacia el voto a determinados partidos políticos; controlar a los medios privados consiste en tenerlos como propiedad -fácil si hay dinero y comúnmente aceptado si se mantiene apariencia de pluralidad- o regarlos con contratos publicitarios; y controlar a los medios públicos, se puede intentar a través de las decisiones políticas de partidos y gobiernos afines, a los que previamente se ha llegado a situar ahí gracias a la acción mediática de "comunicación controlada". Hay interacción entre poderes económicos, medios y políticos; el círculo se cierra..., la democracia pierde. 


Si estoy es así, ¿queda algo fuera del control mediático de los de siempre? Pues creo que solo algunos medios privados -normalmente con dificultades de financiación-, algunos medios públicos controlados por gobiernos no afines y aquellos, presumiblemente libres e independientes, que se pueden proteger o salvar, parcial o totalmente, de la manipulación política de cualquier signo, que son los menos.


Este escenario es el espacio perfecto para meter en el juego la desinformación, los bulos y las mentiras, no en todo ni siempre, pero sí cuando les resulta conveniente. Parece que hemos entrado sin remedio en la era de la postverdad, un concepto que significa que los hechos objetivos tienen menos influencia en moldear la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales, tiempo en el que la verdad en asuntos cruciales cuenta poco.


Las noticias falsas y las narrativas sesgadas y manipuladas son diseñadas y amplificadas intencionadamente para crear confusión, minar la confianza en las instituciones y, en última instancia, promover una "verdad" social aparente y mentirosa. La desinformación no solo intenta y muchas veces logra que creamos una mentira, sino que su efecto más corrosivo puede ser la desidia provocada por no saber si nos informan o desinforman. Si no puedo confiar en nadie, elijo creer solo lo que me confirma mis sesgos particulares, o decido dejar de prestar atención.


Frente a esta situación, ¿cómo sabe uno que está siendo bien informado?,  ¿qué  hacer para obtener una información veraz?, ¿cómo se combate este sistema perverso tan poderoso? La responsabilidad no es solo del ciudadano; recae fundamentalmente sobre los profesionales.


La veracidad es el pilar sagrado del periodismo, y es ahí donde el código deontológico de los comunicadores y periodistas debe actuar como un ancla moral. Este código exige contrastar fuentes, diferenciar claramente entre información y opinión, evitar el sensacionalismo y salvaguardar la independencia. Reafirmar la primacía del interés público y del bien común sobre el interés económico o político. Invertir en periodismo de investigación y verificación de datos, y hacer transparentes las fuentes de financiación.


Por nuestra parte, los ciudadanos debemos ejercer una actitud mediática crítica, lo que significa aprender a cuestionar la fuente, a leer más allá del titular y a reconocer los sesgos, tanto los del medio como los propios. Deduzcamos y contemos de antemano  con la irremediable dosis de falta de objetividad, también la de uno mismo, estando abiertos al contraste de ideas. Actitud crítica significa valorar el periodismo de calidad, rechazando las fuentes sensacionalistas, claramente tendenciosas y partidistas a costa de la verdad e irrespetuosas con los diferentes o contrarios. 


Viendo lo que veo en mi entorno de relaciones, me atrevería a aconsejar que no caigamos en el riesgo de la desidia, porque el desinterés es el triunfo de la manipulación. Debemos reclamar una información libre, diversa y veraz. Estar bien informados no es solo un derecho de los ciudadanos, sino la única garantía de que nuestras decisiones se basen en la realidad y no en la postverdad calculada, porque la verdad sigue siendo la única herramienta que puede guiarnos en nuestra innata búsqueda de libertad. Ya lo dijo Alguien: "La Verdad os hará libres".

Pepe Montes.