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martes, 16 de diciembre de 2025

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Agitar y servir - La esperanza debe dictar el futuro.

La posibilidad de que en nuestro país, nuestras comunidades autónomas y nuestros municipios, los partidos políticos de derecha y ultraderecha sumen sus apoyos, alcancen mayorías significativas y asuman los diversos gobiernos en las próximas convocatorias electorales, no es solo una hipótesis, sino un desafío inminente que reclama una respuesta seria, desapasionada y profundamente reflexiva por parte del sector sociopolítico progresista. 


Es muy evidente que estamos en un contexto de crispación permanente provocada, de una parte, por los graves errores, acciones, inacciones y omisiones del gobierno y del principal partido que lo sustenta y, de otra parte, por el despliegue ofensivo total de los instrumentos de la oposición, no ya los legítimos -que vale-, sino obviamente los antidemocráticos, como bulos lawfare, lobbies deshonestos, policía patriotica, etc, utilizados como estrategia para hacer irrespirable el ambiente sociopolítico y derribar al gobierno coaligado actual, teóricamente progresista. 


El discurso de la extrema derecha, que claramente gana terreno al de la derecha "moderada" y consigue que ésta se radicalice cada vez más con el objetivo de no perder electorado, deja claro que, llegado el momento, van a unir sus fuerzas y programas de gobierno lo mismo que ya hacen con sus estrategias y tácticas de oposición furibunda y allá donde gobiernan.


Existe un debate legítimo, y a menudo encendido, sobre cómo abordar esta realidad. Se apela a la unidad de la izquierda. Una crítica recurrente contra los llamamientos a esa unidad es por el supuesto uso del "miedo" a que viene la derecha -o sea, los "fachas"-, como única herramienta movilizadora. Se argumenta que esta táctica es simplista, perezosa y que distrae de la necesidad de ofrecer un proyecto político sólido. Y es verdad. Con solo esa advertencia vacía, no basta.


Con este artículo pretendo argumentar modestamente que la preocupación por el ascenso de la derecha conservadora y la ultraderecha radical y excluyente no es un mero mecanismo para estimular hacia el pánico  por la amenaza de "que vienen", sino una evaluación pragmática que pretende apoyar la prevención de las consecuencias negativas que sus políticas representan para la mayoría social; y colaborar, aunque sea mínimamente, en evitar que lleguen al poder, sobre todo demandando actuaciones creativas y eficaces que solucionen los graves problemas en el presente y ofrezcan alternativas de inminente futuro que convenzan a quienes son ciudadanos antes que electores. Aún se está a tiempo.


Puedo admitir y aplaudir que la democracia se sustente en la posibilidad de alternancia o cambios en el ejercicio del poder, siempre a decisión  de las mayorías que se puedan conformar, a la vez que pienso que lo peligroso no está  en la alternancia en sí misma, sino en el retroceso y la involución en derechos que puede producirse si se cumplen las expectativas electorales del sector derechista y si después éste cumple coherentemente, como cabría esperar, sus desastrosas promesas ideológicas y prácticas. El problema que se plantea con el auge actual de las derechas no es simplemente que gane una opción política distinta, con proyectos constructivos diferentes que aborden la búsqueda del bien común desde otras perspectivas, sino la naturaleza regresiva de sus proyectos. 


Históricamente, las formaciones de derechas han representado, en mayor o menor medida, los intereses de las élites económicas, favoreciendo la desregulación, los recortes al gasto social y la primacía del mercado. Es una manera de concebir la economía y la política que no comparto en absoluto, pero que parece pretender una resultante benéfica para el conjunto social. Pero además, la ultraderecha contemporánea añade capas de peligro que trascienden la mera gestión económica. Su discurso, a menudo populista y envuelto en una narrativa de "recuperación del espíritu nacional", se basa en la erosión de los derechos adquiridos. Ese tándem de derechas cuestiona avances cruciales en igualdad de género, sostenibilidad ambiental, derechos LGTBI+, políticas de memoria democrática y convivencia. También propone el debilitamiento del Estado del Bienestar mediante la privatización de servicios esenciales como la sanidad y la educación, lo que impacta desproporcionadamente a las clases más vulnerables. Se empeña en la deslegitimación de las instituciones democráticas utilizando herramientas manipuladoras de la opinión pública, incluyendo la difusión de bulos o desinformación. Siembra la desconfianza en la prensa, en el sistema judicial -a los que intenta  manejar culpando con cinismo a los contrarios- y en el propio proceso demoscópico e incluso electoral cuando no les favorece. Manosean la religión y el culto apoyando hipócritamente ciertos aspectos morales y prometiendo sutilmente la concesión o mantenimiento de privilegios. Apuestan por la polarización identitaria sustituyendo el debate socioeconómico por guerras culturales, señalando a minorías, como los inmigrantes, como chivos expiatorios del descontento social. Van, como otras derechas y ultras, a rebufo de las políticas trumpistas..., ya sabemos.


El miedo, por lo tanto, no es irracional. Es el miedo a las decisiones que tomarán para beneficiar a los poderosos de siempre, a quienes sirven con lealtad. Es el temor a que una minoría ideológica imponga nuevamente su visión restrictiva sobre una sociedad plural. La inminente posibilidad de que lleguen al poder es la advertencia de un posible retroceso en décadas de lucha por los derechos sociales, la igualdad y la justicia.


Pero el problema central no reside en cómo alertar ante estas expectativas que provocan miedo, sino en la falta de un proyecto progresista percibido como transformador y eficaz por la ciudadanía. Reconozcamos que hemos llegado hasta aquí porque el gobierno progresista actual está enredado en luchas internas y salpicado de inmoralidades de personajes muy cercanos a las cúpulas. No consigue comunicar de manera efectiva los logros alcanzados y éstos, en lo que respecta a economía, no se trasladan a las personas y familias ni a los colectivos vulnerables. La burocracia diluye las políticas sociales. No ha sabido anular cualquier posibilidad de corrupción sino que cada día  se conocen nuevos casos en su entorno. Se ha asociado, más o menos veladamente, a las ideas y prácticas que defienden que lo mejor en relaciones internacionales es armarse hasta los dientes bajo estrategias geopolíticas, colaborando en definitiva en la carrera armamentística contra la que dice estar. Y así, se ha generado una frustración que la derecha y ultraderecha son expertas en exagerar, utilizar con hipocresía y aprovechar. El enfado con la inflación, la dificultad para acceder a la vivienda, la precariedad laboral, la falta de servicios públicos eficientes y el foco de la culpabilidad puesto sobre el feminismo, el ecologismo, la inmigración y el separatismo terrorista, son el caldo de cultivo que alimenta a la derecha populista, que para nada busca ni propone soluciones -se opone por norma a todas las propuestas-, sino que capitaliza el descontento, aprovechando además que su electorado le perdona todo, incluso desmanes mucho mayores que los que critican del gobierno. 


Así, creo que es crucial que el campo progresista haga una autocrítica profunda y serena. Tiene que disculparse con sinceridad, sin complejos y cambiar para que cambien las realidades sociales. La derecha no va ganar por sus méritos y propuestas, sino posiblemente por las debilidades y errores de la izquierda. 


Si la izquierda no es capaz de hacer verdaderas políticas encaminadas al bien común, el bienestar social, la justicia, la igualdad y la paz-políticas que transformen tangiblemente la vida de la mayoría-, su retórica se vacía de contenido. Aquí es donde la unidad de las izquierdas democráticas cobra su verdadera dimensión: no como un mero acto de defensa, sino como un imperativo estratégico para el progresivo cambio social. La fragmentación de la izquierda, basada en matices tácticos o personalismos, es un lujo que la democracia no puede permitirse ante la gravedad de la amenaza. 


El objetivo final de la unidad progresista no puede ser solo detener a la derecha, sino ofrecer un futuro de esperanza viable y palpable. La gente no vota por lo que teme, sino por aquello en lo que cree. El reto de la izquierda es recuperar la ambición transformadora, bajo parámetros democráticos y pacíficos, aquella que históricamente ha generado las grandes conquistas sociales.


La derecha y la ultraderecha representan el inmovilismo de los intereses de siempre y la nostalgia de un pasado que siempre les privilegió a costa de los más débiles. La izquierda, por el contrario, si es fiel a sus principios ideológicos, debería encarnar el progreso, la justicia, la solidaridad y la mirada hacia adelante.


Ante la potencial degradación de la calidad democrática y el ataque frontal a la cohesión social la única respuesta efectiva es la unidad progresista sincera, construida sobre la base de un programa de justicia social que demuestre a la ciudadanía que la política es, ante todo, una herramienta poderosa para mejorar la vida de las personas. 


A esa unidad hacia el bien común nos deberíamos sentir convocados todos. Tristemente, esa anunciada unidad de las derechas -ellas sí- tiende hacia su extremo y no van por ahí. Pero el futuro no debe ser dictado por la regresión, sino por la esperanza. Ya veremos.

Pepe Montes.