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lunes, 8 de diciembre de 2025

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Agitar y servir - Vamos a llevarnos bien.

El sábado pasado celebrábamos el día de la Constitución Española. Deberíamos celebrar el consenso, la concordia y la  democracia. Pero parece que en ese sentido hay poco que celebrar. Ni parece que esos buenos estados de relaciones estén presentes siquiera a nivel de deseos. También podríamos celebrar que somos un Estado Social y de Derecho, desde luego que sí, pero a la par de celebrar, digo yo que deberíamos reforzar nuestro empeño en que esto se materialice eficazmente cada día mejor.

El espíritu de concordia y entendimiento -del que parecen carecer  los políticos de hoy- es la base imprescindible para la supervivencia y prosperidad de toda sociedad y sistema político democrático. Implica la voluntad activa de buscar consensos, respetar la pluralidad y priorizar el bien común sobre los intereses particulares. Es la amistad cívica la que permite la convivencia y la gobernabilidad. Y esto debería valer para los que dicen ser constitucionalistas y para los que quieren modificar o incluso rechazan la Constitución. 

Concordia, amistad cívica... ¿creéis, amigos, que los cabeceras políticos, los que lideran las pretensiones de llegar al poder -se supone que para mejor servir a la ciudadanía- dan un mínimo ejemplo en ese buen estilo de relaciones de convivencia en armonía democrática?

Políticamente, la concordia facilita la adopción de políticas estables y de largo alcance. Socialmente, reduce la crispación, fomenta la cohesión y permite a los ciudadanos sentirse parte de un proyecto colectivo. Sin ella, la sociedad se fragmenta y la política se vuelve estéril y de confrontación. 

Los discordantes por intereses particulares —ya sean económicos, ideológicos o de poder— buscan romper esta armonía para obtener beneficios egoístas. Suelen operar mediante la desinformación, la exacerbación de conflictos y la obstrucción sistemática. Para contrarrestarlos democráticamente primero hay que localizarlos. Se necesita una opinión pública crítica y unos medios de comunicación transparentes y veraces. Luego, se debe fortalecer las instituciones y los procesos de diálogo inclusivo. Las mayorías sociales deben defender activamente los acuerdos amplios. Las pretensiones discordantes, broncosas y pendencieras, cuando amenazan romper los cauces y acuerdos democráticos, se pueden anular o neutralizar a través de la ley, la rendición de cuentas, y el respaldo mayoritario a la ética pública y el interés general, demostrando que el coste político de la discordia como estrategia es inaceptable porque significa quedar fuera de juego. El vigor democrático reside en la capacidad de la mayoría de aislar y deslegitimar a quienes anteponen su ganancia al pacto social. No sé si el término "cordón sanitario" es correcto, pero sí que es ilustrativo. 

El verdadero sentido de la política es servir al bien común, buscando el entendimiento y el compromiso incluso entre adversarios, con respeto y espíritu de concordia.

La Constitución que hoy celebramos, por fundamento, exige a los poderes públicos y a los ciudadanos respetar no solo su articulado, sino el espíritu de lealtad institucional, unidad y pluralismo. Poner en práctica sus enunciados significa garantizar sin atajos la igualdad y el acceso efectivo a los derechos fundamentales. No hacerlo y aceptar sin más su incumplimiento debilita el texto, convirtiéndolo en una mera declaración de intenciones.

Ser Estado Social y de Derecho posibilita el "buen vivir" y el "llevarnos bien" en un ámbito de razonable bienestar -el deseo más elemental y lógico de una sociedad- pero exige ir más allá de la declaración de intenciones. Derechos como la vivienda digna, la sanidad, la educación pública, la justicia y la no discriminación demandan una acción positiva y una inversión sostenida por parte de los poderes públicos para garantizar la justicia social. No basta con que los derechos estén escritos. 

La Constitución Española es un contrato social vivo que se renueva con el compromiso de ciudadanos y líderes. Honrarla, más allá de emocionarse con símbolos y actos patriotéricos, es vivirla plenamente, exigiendo su cumplimiento y abordando su evolución con altura de miras y espíritu de concordia. 

Por otra parte, tenemos que considerar que la Constitución no es inmutable, debe ser un organismo vivo, no un monumento y debe adaptarse a las nuevas realidades sociales -globalización, digitalización, emergencia climática-. Sus mecanismos de reforma son una muestra de madurez democrática. Cualquier modificación debe basarse en el mismo espíritu de consenso y participación democrática que la originó, centrándose en reforzar la eficacia del sistema. Aunque la estructura es sólida, su adaptación a las nuevas realidades es vital. 

En un marco de diálogo y concordia se debería poder abordar los cuestionamientos que a lo largo de estos años de vigencia han marcado las diferencias que no alcanzaron consensos, pero que pueden y deberían alcanzarlos. Tales como el cuestionamiento de la Monarquía Parlamentaria que se centra principalmente en dos aspectos: la legitimidad democrática y su función institucional en la actualidad. Igualmente, el modelo territorial de España, conocido como el Estado de las Autonomías, es un punto de constante fricción y cuestionamiento, que se polariza entre quienes buscan mayor centralización y quienes abogan por mayor autodeterminación en incluso la secesión independentista. Otro cuestionamiento es la necesidad de reforma del Senado que, concebido teóricamente como la Cámara de representación territorial, es ampliamente criticado por no cumplir eficazmente esta función.  

Estos cuestionamientos y otros reflejan las tensiones propias de un sistema democrático complejo, y el debate sobre su posible reforma constitucional sigue siendo uno de los más centrales y difíciles de abordar en la política española.

Tensiones, complejidad, debate, reformas... todo puede ser normal, pero debe hacerse en un ambiente de sincera concordia. Caben los discordantes, pero es importante que los concordantes los neutralicemos con más democracia y defensa del bien común. Porque es necesario, imprescindible, reafirmarnos en el deseo y el compromiso de llevarnos bien a pesar de las diferencias y de seguir trabajando por la mayor justicia social. Eso queremos los ciudadanos ¿Tan ciegos están los políticos? A ver si les abrimos los ojos con nuestras decisiones electorales, entre otras cosas que podemos hacer.

Pepe Montes.