Es un tema delicado y, además, en estas últimas semanas está resultando agotador, pero creo que merece que me moje aunque algunos de los que me leen tengan opiniones muy contrarias o, incluso, directamente me hagan la cruz. No puedo guardar silencio simplemente para no molestar, sobre todo porque quisiera hacer una aportación crítica, pero respetuosa y constructiva. Me gusta y acepto el proverbio árabe de "si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas", por eso me atrevo con la confianza en que mis palabras tengan una resultante positiva, aunque a algunos no les guste.
En estos días, a propósito de las causas y procedimientos judiciales en investigación, en curso o ya sentenciados, la aplicación del ventilador sobre la inmundicia —no quería decir mierda— y sus salpicaduras, especialmente al Gobierno —aunque también algo se lleva la oposición—, la atmósfera social y política se ha vuelto casi irrespirable. Vivimos inmersos en una crispación permanente, alimentada por una estrategia deliberada de hacer caer al Gobierno, lo que podrá ocasionar colateralmente, como consecuencia de los instrumentos utilizados, una demolición institucional que se podría llevar también por delante a la sociedad civil, si no lo remediamos. A los campeones en demoliciones sociopolíticas no les importa porque piensan que es controlada; pero no.
En estas batallas de acoso, derribo, resistencia y contraataque la verdad ha sido secuestrada. Asistimos a una invasión diaria de mentiras sistemáticas y discursos de odio diseñados para deshumanizar al adversario y enfrentar entre sí a la sociedad. A nivel global se está normalizando un nuevo y peligroso estilo de relaciones humanas y comerciales basado puramente en la ley del más fuerte y en el peso del poder económico, y algunos de nuestros políticos lo están importando a niveles nacionales y locales. Se adhieren a una lógica implacable destructiva de derrota/triunfo a cualquier precio, que arrasa con todo en cualquier ámbito desde el minuto uno de la legislatura en la que pierden el poder.
Ante este escenario, ni la indiferencia ni el cabreo contra todo pueden ser opciones. Algunos, sin más, adoptan la equidistancia o la neutralidad que, en la mayoría de los casos, es la coartada de quienes prefieren mirar hacia otro lado y esperar que alguien —no se sabe quién— resuelva. Otros, hartos, parece que han decidido bajarse de la participación democrática y del debate social público.
Concretando de nuevo en el caso de nuestro momento y nuestro país, hay que decirlo con claridad, sin ambages: la corrupción es una lacra intolerable y exige una condena absoluta, venga de donde venga, sin matices ni siglas de conveniencia. Quien roba o pervierte lo público debe pagarlo según la ley y ser apartado de su responsabilidad pública. Y, si bien es cierto que las responsabilidades políticas y culpas de corrupción están bastante repartidas y afectan a casi todos los partidos, sería de un cinismo imperdonable no señalar dónde radica hoy la mayor irresponsabilidad y el mayor peligro. Yo digo que el PP, principal partido de la oposición, sostiene una cuota de culpa mucho mayor en este proceso de degradación democrática, tanto por lo que ha hecho en temas de corrupción cuando ha tenido poder —y por lo que hace aún hoy, donde lo tiene—, como por lo que manipulan, reprochan, magnifican explosivamente y denuncian sin veracidad, con malas artes, solo por destruir y llegar al poder: no importa que todo se destruya, que ellos lo reconstruirán —dijo alguien—. No hace una oposición constructiva ni leal desde el punto de vista institucional; no propone alternativas; no apoya ninguna medida ya sea social o en cualquier campo legislativo de la que se pueda deducir un buen trabajo o una buena iniciativa del Gobierno.
No se trata de un simple debate de ideas, sino del uso impúdico del poder real. Un entramado que moviliza activamente a ciertos sectores de la judicatura, medios de comunicación reconvertidos en terminales de intoxicación, lobbies de presión, cloacas policiales y élites empresariales muy codiciosas. Llámame conspiranoico, pero estoy convencido de que juntos ejecutan una estrategia de acoso y derribo basada en el "lawfare" —la instrumentalización de la justicia con fines políticos— y en confabulaciones que no buscan solo fiscalizar al Gobierno, sino destruirlo para asaltar el poder a cualquier precio. Y ahora, parece que con extremada urgencia: la fruta está madura y es el momento: ahora o nunca.
Por mí parte, que sea nunca, si no cambian de proyecto político; y más ahora que asumen sin problema los postulados antidemocráticos de la extrema derecha, a la que necesitan para gobernar. Ultraderecha que basa su estrategia en tres aspectos: uno, exaltar el nacionalismo patriótico español rancio y predemocrático; dos, reventar cualquier propuesta progresista para después rentabilizar el descontento generado; y tres, enfrentar a penúltimos contra últimos —todo con la disimulada intención de servir a las élites económicas oligárquicas que lo impulsan—. El panorama se enturbia más con el concurso de otra derecha, la de Junts que ejerce un permanente chantaje nacionalista y ultraliberal al Gobierno, aprovechando la debilidad del mismo, aún si explotara España; aunque lo que teme de un hipotético futuro gobierno de derechas español le hace contenerse en el límite.
No podemos resignarnos a que este fango sea nuestro único horizonte. Es urgente romper esta espiral destructiva y exigir un cambio radical de rumbo. Necesitamos reconstruir un nuevo estilo de convivencia orientado, de verdad, a la búsqueda del bien común.
Es necesario un nuevo contrato social que debe asentarse sólidamente sobre la dignidad de todo ser humano, el derecho y el respeto mutuo, desterrando el insulto como argumento. Debe priorizarse la igualdad real, la solidaridad con los más vulnerables y una justicia social que corrija los excesos del mercado. No habrá futuro sin un compromiso firme con la sostenibilidad planetaria ni sin una democracia de alta calidad que garantice el progreso material, cultural, integral y global de la ciudadanía. Es hora de recuperar la política para la gente y arrebatarla de las manos de quienes se lucran vergonzosamente desde la oportunidad que les brinda un puesto de servicio, así como de las de aquellos a quienes no les importa hacer el mundo arder para mandar, aunque sea sobre sus cenizas... y enriquecerse de paso.
Así que menos rasgarse las vestiduras, menos cinismo, menos género apocalíptico, menos victimismo, menos chantaje, menos improperios... más transparencia, más oposición constructiva, más vocación de servicio y, sobre todo, más honestidad y más sincera lealtad. A ver si acaba este ahogo insufrible con toda justicia y verdad.
Pepe Montes.

