Crisis ecosocial y sus responsables. - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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viernes, 16 de enero de 2026

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Crisis ecosocial y sus responsables.

La revista Noticias Obreras se ha hecho eco de la actualización del informe “El saqueo climático. Una poderosa minoría nos aboca al desastre”, publicado por Intermón-Oxfam. El estudio viene a demostrar cómo el tren de vida de las personas multimillonarias tiene consecuencias desproporcionadas sobre el calentamiento global. Por ello, propone una serie de medidas para que los gobiernos frenen unos comportamientos y unas políticas que son causa fundamental en el aumento mundial de las emisiones de CO2 a la atmósfera.

Los datos son escalofriantes: un multimillonario europeo emite durante una semana con sus viajes en aviones privados y yates de lujo más CO2 a la atmósfera que una persona del 1% más pobre durante toda su vida. Si repartiéramos entre la población mundial la cantidad de CO2 que cada persona pudiera verter a la atmósfera para mantener a raya las emisiones y cumplir el Acuerdo de París, resulta que los megarricos ya gastaron su parte el día 3 de enero. Por tanto, van a contaminar este año más de ciento veinte veces lo que les correspondería en ese teórico reparto a partes iguales entre toda la población (y así, año tras año).



El estudio es interesante porque realiza mediciones por continentes y países. Los multimillonarios españoles se comportan igual que el resto de sus colegas: el 0,1% más rico gastó su cuota anual de emisiones el 4 de enero, y el 1% más rico, lo hecho hoy, 16 de enero. De manera que sí, que los que nos llevan al abismo tienen nombre y apellidos: a los Ortega, Botín, del Pino, Roig y compañía, no sólo les cabe el honor de practicar políticas de empresa en colisión con los derechos humanos y laborales de sus trabajadoras y trabajadores, o  de invertir en la industria de la muerte o en los fondos de inversión que nos dejan sin vivienda a la ciudadanía; es que, además, estas ganancias las emplean en llevar un tren de vida completamente ecocida. 

La lectura del artículo y de sus propuestas ante la locura de cómo funciona la aldea global me ha hecho reflexionar sobre tres cuestiones:

    1) El cambio climático lo producen los que detentan el poder económico, pero se ceba sobre las poblaciones más vulnerables, que son las que menos han contribuido a las emisiones de efecto invernadero.

    2) De qué manera pueden hacer frente los gobiernos y las mismas sociedades a una situación, provocada por un modelo económico ecocida, cuyos responsables directos no están dispuestos a modificar ni un ápice ni sus prácticas de empresa ni sus comportamientos individuales (que, además, sirven de modelo de referencia para la mayoría).

    3) Qué sentido tiene o qué justificaciones se pueden dar a la población en general para que asuma vitalmente que es imprescindible que todos vivamos de manera sobria, cuando los datos muestran que son “otros” los culpables.

En relación con el primer asunto, como cristianos y cristianas debemos sentirnos interpelados por una inequidad que provoca sufrimiento, dificultades para una vida digna y, finalmente, muerte, en especial en la población más vulnerable. Según el estudio de INTERMÓN, las emisiones generadas por el 1 % más rico en un año provocarán la muerte de más de 1,3 millones de personas antes de que termine el siglo. El impacto acumulado de décadas de sobreconsumo de emisiones también está causando un gran daño económico a los países de renta baja y media-baja, con pérdidas que podrían alcanzar los 44 billones de dólares en 2050.



¿Es posible hacer frente al poder de esta plutocracia sin escrúpulos, sin moral, sin ética, que solo se mueve por la ley del máximo beneficio económico, sin importarles lo más mínimo los efectos directos sobre la población, ni las repercusiones sobre las posibilidades de supervivencia para la humanidad en un futuro próximo? Porque no se nos olvide: las élites mundiales, aunque vayan de negacionistas, saben perfectamente que este modelo económico, más pronto que tarde, traerá el colapso del planeta. Lo saben. Pero les da igual. Quizá por ello, se dediquen a vivir la vida sin importarles las consecuencias de sus acciones y omisiones.

La ciencia es clara: sin medidas drásticas, las emisiones de carbono de los multimillonarios solo se reducirán un 5 % anual hasta 2030, cuando se necesitaría una disminución del 97 % para cumplir con el Acuerdo de París. Por ello, INTERMON propone que los gobiernos ejerzan presión sobre los multimillonarios para que reduzcan sus emisiones. Las medidas que propone son las siguientes:

    • Redistribuir el esfuerzo en la reducción de emisiones según la huella de carbono y la capacidad económica.

    • Aumentar los impuestos sobre los ingresos y la riqueza de las personas superricas y apoyar activamente las negociaciones de la Convención de la ONU sobre Cooperación Fiscal Internacional para diseñar una arquitectura fiscal global más justa.

    • Aplicar impuestos a los beneficios extraordinarios de las empresas de combustibles fósiles.

    • En España, eliminar los subsidios a los combustibles fósiles e invertir en la protección de los colectivos más vulnerables a los impactos climáticos.

Noticias Obreras recoge como muy favorable la coyuntura jurídica actual, ya que en 2025 la Corte Internacional de Justicia confirmó que los países tienen la obligación legal de reducir las emisiones lo suficiente como para proteger derechos universales como la vida, la alimentación, la salud y un medio ambiente limpio.



Respetando esta argumentación, la situación que estamos viviendo actualmente en el planeta, con la impunidad del genocidio en Palestina y con los Estados Unidos dirigiéndose a velocidad de crucero hacia un régimen dictatorial -mientras dinamita el orden internacional y pone en riesgo la posibilidad de democracia y de respeto a los derechos humanos en todo el mundo-, hace que dude de las posibilidades reales para que estas medidas puedan llevarse a cabo en un futuro próximo. Los gobiernos que algo podrían hacer al respecto (los de la Unión Europea) ya han mostrado su servilismo ante el imperio del dinero y, para colmo, están en estado de shock ante un aliado que ¿de repente? se ha convertido en enemigo y que además cuenta con numerosos troyanos en la misma Unión, dispuestos a dinamitarla desde dentro. Y eso, sin hablar de su papel en la guerra de Ucrania o en el genocidio palestino, o de los miles de lobistas de los combustibles fósiles en sus delegaciones de la COP30.

Es el derrumbe del orden social que estas políticas están causando, lo que podría hacer reaccionar a las dormidas sociedades occidentales. Vivimos en un individualismo atroz, alienadamente felices soñando como deseable la supuesta vida cómoda de las y los multimillonarios. Después de jornadas estresantes de trabajo, muchas veces en condiciones de explotación laboral, a lo más que aspiramos es a olvidarnos de todo sumergiéndonos en un consumismo voraz de cosas y sensaciones. ¿Por qué voy a renunciar yo a mis viajecitos en avión a destinos de ensueño, esos que me proporcionan experiencias maravillosas que transmitir en directo por mis redes sociales? 



Esperemos que estas opciones pronto se acaben (supongo que será a la fuerza) y pidamos a Dios que las sociedades occidentales estemos a la altura, que seamos capaces de reaccionar y poner en su justo valor lo que es realmente necesario para hacer posible la vida en estos tiempos de cambio, en especial para los más empobrecidos. La sociedad norteamericana está dándonos una lección al respecto, respondiendo a la barbarie gubernamental con una solidaridad decidida y valiente, que no tiene miedo a los agentes del ICE y que documenta y no se calla ante los desmanes de un gobierno despótico, cruel y perverso.

Las comunidades cristianas debemos tener los ojos abiertos al mundo, y sentirnos interpeladas por todo lo que está pasando. El papa León ha hecho una llamada expresa a la iglesia norteamericana para que sea casa de acogida de las personas migrantes. Del mismo modo, nosotros y nosotras, estamos llamados a testimoniar en nuestro contexto y circunstancias, que es posible y merece la pena vivir de otra manera: con mucho menos, en comunidad, en fraternidad, y exigiendo a los que tienen responsabilidades políticas que estén a la altura de los acontecimientos que estamos viviendo. A vivirlo y experimentarlo estamos llamadas. Con urgencia y radicalidad.