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martes, 20 de enero de 2026

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Agitar y servir - Perplejidad, dilema y brújulas

Acabamos de dejar atrás un año especialmente crispado en cuanto a política se refiere y en cuanto de ella se infiere; y hace solo unos días hemos comenzado este 2026, aunque nos parezca que ya está casi viejo por la cantidad de perturbaciones en el orden político internacional, provocadas, primordialmente, por un personaje con delirios de dominio, de poder por la fuerza y de grandeza, que cree estar al mando del mundo, incluso así lo parece y se le permite o consiente. 


También en la dimensión nacional afrontamos un año en el que, previsiblemente, la crispación aún crecerá más, ya que tenemos varias convocatorias electorales en marcha y otras tal vez en ciernes. Aunque también genera bronca partidista... ¡cómo no!, omito lo de Julio Iglesias en esta preocupada valoración.


Ante este panorama, creo que deberíamos esforzarnos por suavizar el ambiente político y social poniendo en juego las cualidades que están al alcance de cualquier buena persona: humildad, empatía, amistad cívica, crítica constructiva, razón serena, corazón y, en resumidas cuentas, humanidad.


Quienes tenemos intención sincera de ser buenas personas que se rigen, entre otros fundamentos, por un código de humanidad —entre los que nos deberíamos contar los que nos tomamos  en serio esto de ser cristianos—, tendremos que afrontar dilemas ante las diversas opciones políticas; porque aún suponiendo —no sé si será mucho suponer— que, en general, quienes se dedican a esa noble tarea de la política buscan el mayor bien para la ciudadanía, sin embargo de uno y otro lado hay demostradas prácticas y antiguas o nuevas propuestas que son inadmisibles, analizadas desde el punto de vista de la ética común y del evangelio; y también, de uno y otro lado, hay intenciones que tratan de captar nuestra simpatía y adhesión y/o provocar la antipatía y el rechazo hacia los contrarios, muchas veces con mentiras y con falsas promesas. 


Esta reflexión intenta analizar, no de forma erudita sino con la modestia de un simple buscador de verdades, la tensión inevitable de vivir con los pies en la tierra y el corazón en la utopía humanista o en el Reino de Jesucristo, que no es de este mundo, pero que se construye en él. Exploro cómo la fe de un cristiano de base puede y debería dialogar con la realidad política actual. Y lo comparto abiertamente, convencido de que puede ofrecer claves interesantes para cualquier persona preocupada por el bien social común, aunque no profese fe ni religión.


Los cristianos, a partir de nuestra creencia fundamental personal, debemos hacer pasar por el filtro de las Bienaventuranzas cualquier análisis político. De ahí aprendemos  que la apuesta por la cultura de la vida, la opción preferencial por los pobres y vulnerables, así como la búsqueda de la justicia y la paz no pueden ser para nosotros meras sugerencias ideológicas, sino imperativos teológicos, exigencias evangélicas.


Pero al aplicarlo nos encontramos que aquí reside el nudo del dilema: no existe una opción política que recoja íntegramente las propuestas del Evangelio. A menudo nos vemos obligados moralmente a elegir entre dos o varias opciones imperfectas y aplicar la regla ética de optar por el "mal menor" o por aquello que mejor pretenda preservar, aunque no asegure, el bien común. Además, no podemos dejar de considerar que en un mundo plural, donde muchos conciudadanos no se mueven por motivos de fe o trascendencia, debemos actuar con humildad y realismo.


Por otra parte, respetar el pluralismo ante el hecho religioso y reconocer que vivimos en una sociedad laica no significa renunciar a nuestros valores, sino aprender a proponerlos desde la razón y el testimonio, aceptando que la convivencia democrática requiere tolerancia y búsqueda de consensos. No podemos imponer ni la fe ni nuestra moral cristiana a través de la ley, pero sí podemos y debemos iluminar la ley a través de la ética que emana de nuestra fe.


Está  muy claro que el cristiano no puede ser un "seguidor de siglas" ciego. Su lealtad última no pertenece a un partido, sino a Jesucristo, por cuya Verdad, podemos ser libres. Esta libertad nos permite ser críticos y repudiar, si creemos que lo merecen, tanto las ideas y propuestas "de derechas", "conservadoras" o "liberales", como las "de izquierdas" "progresistas" o "socialistas", cuando se alejan de la dignidad humana, unas u otras. También, por supuesto, apoyarlas cuando se acercan.


Cuando existe ese discernimiento crítico -que, tristemente, pienso que es algo escaso en nuestro entorno cristiano y católico- hay quienes miran a todas las realidades sociales y hay quienes solo lo hacen en un sentido, ignorando los otros. El dilema hay que resolverlo con un análisis bien informado, enfocado globalmente, desde la conciencia y la libertad personal, planteado racionalmente y no de forma meramente emocional, intentando ser coherentes. 


Y por ahí nos llegan explícitos, directos o sutiles cuestionamientos.


Lo más clásico es toparnos con personas y mensajes que nos interpelan: ¿Cómo puede un cristiano apoyar opciones políticas que están "contra la defensa de la vida" —evidentemente se refieren a las que piensan que están a favor del aborto y la eutanasia—, que propugnan el comunismo y que niegan a Dios?


En efecto, el compromiso evangélico es una opción radical por la vida en todas sus etapas. Es una apuesta inequívoca por la cultura de la vida. Los cristianos defendemos la dignidad humana desde la concepción hasta su fin natural. La dignidad humana de todos los afectados por cada situación. Por ello, temas como el aborto y la eutanasia representan desafíos profundos para nuestra conciencia, pues implican la intervención humana sobre el misterio de la vida. Ese es el principio objetivo insoslayable. Ahora bien, también están las circunstancias subjetivas y las personas. Creo honestamente que en estos temas de frontera no deberíamos absolutizar nuestros posicionamientos éticos, no deberíamos quedarnos en condenas incondicionales y, por tanto, deberíamos reconocer que hay situaciones de conflicto de derechos y fricciones de carácter ético que causan perplejidad y adolecen de certezas morales —más allá del campo de la fe trascendente, que no todos compartimos—, en las que se debe hacer descansar sobre la conciencia personal, y no en leyes jurídicas, la responsabilidad de resolver tales dilemas. En esos conflictos morales, lo que uno haría, o no haría, en conciencia, no tiene por qué ser lo que obligue a la conciencia  de los demás. Reconocer y apoyar la regulación legal del derecho a decidir, personal y libremente, ante la controversia provocada por situaciones límite como el aborto (interrupción voluntaria del embarazo) o la eutanasia (muerte voluntaria digna), no es estar en contra de la defensa de la vida ni a favor del "asesinato", como proclaman algunos con argumentos rayanos al fundamentalismo moral y religioso. 


Este debate de carácter moral, que evidentemente es materia muy sensible, es instrumentalizado burdamente por ciertos partidos políticos para atraer electorado, en ambos sentidos. Y también lo utilizan ciertos sectores religiosos para presionar hacia posiciones políticas afines en otros campos no necesariamente relacionados con la moral de la defensa de la vida. 


Lo mismo pasa con el mantra "anti" del "socialcomunismo", que pretende hacer huir irracionalmente de cualquier conexión de pensamiento, palabra u obra que lo evoque, como si del mismísimo diablo se tratara. 


Y no digo nada —porque sin decir podéis deducir qué diría—, sobre la trasnochada pretensión de políticas y gobiernos teócratas, de añoranzas de nacionalcatolicismo.


Pero también nos llegan, desde el otro lado, interpelaciones de esta índole: ¿Cómo puede un cristiano apoyar opciones políticas que generan desigualdad, ignoran los derechos sociales, rechazan al inmigrante y al diferente, desprecian el cuidado de la casa común, niegan el cambio climático, apoyan el uso de la fuerza armamentística y la ley del más fuerte en las relaciones internacionales y, en definitiva, están directa o indirectamente fomentando la "opresión de los pobres" para beneficio de unos privilegiados?


Pues si. Un sistema social se juzga por cómo trata a sus miembros más débiles: los que no tienen voz, los migrantes, los ancianos en soledad, los que carecen de lo básico, etc. El cristiano no puede apoyar proyectos que perpetúen la desigualdad o que consideren a las personas como "material de descarte" en aras del crecimiento económico. Un cristiano es, por definición, un artesano de la paz. Esto implica oponerse al armamentismo y rechazar la violencia como método político. La praxis cristiana busca siempre el diálogo en lugar de utilizar el insulto y la descalificación permanentes que producen crispación y que deshumanizan al oponente. La opción  cristiana es una apuesta inexcusable por una cultura de paz, desarrollo  sostenible, sana convivencia y cooperación por el bien común.


También en estos temas y asuntos hay que localizar y desenmascarar la instrumentalización de uno y otro signo. Los argumentos  quedan invalidados cuando se utiliza la descalificación no razonable a base de insultos y extremismos verbales, que a la hora de la verdad se les vuelve en contra propia. No basta con apelar al "antifascismo". Quienes dicen y no hacen deberían quedar desacreditados. Quienes toleran las desigualdades, corruptelas y corrupciones, lo mismo. Deberíamos presionar democráticamente para que los cambios y logros sean reales, ya que se construyen discursos grandilocuentes y, llegado el momento, muchas de las promesas quedan en "agua de borrajas" porque prevalece la seguridad del sillón ante los riesgos de plantar cara a los poderes fácticos para e implementar verdaderos cambios hacia la justicia social y el bienestar común.


En conclusión, diría que nuestra misión en la esfera pública es ser levadura en la masa: estar presentes y comprometidos con el cambio, incluso en las contradicciones del mundo, haciéndonos cargo de la realidad, pero intentando no perder el norte en medio de las inevitables perplejidades. Sabemos que el dilema político no se resuelve encontrando el "partido político perfecto", sino manteniendo viva la inquietud del Evangelio en cada decisión que tomamos.


En mi caso, quiero decir que ese dilema no está resuelto de una vez para siempre, ya que aparecen nuevas circunstancias que intervienen en mi decisión. La brújula del Evangelio me apunta el rumbo. Que conste aquí mi respeto y consideración a otras marcas de brújula, siempre que señalen hacia la mayor dignidad humana y el cuidado de la casa común.


Pepe Montes.