¡Categóricamente, no! Estar firmemente en contra de las políticas, las estrategias y las formas bravuconas y matonistas de Donald Trump no significa en absoluto estar de acuerdo con el bolivarismo chavista represor de Nicolás Maduro, ni con el régimen islamista de los ayatolás de Irán, ni con el autoritarismo híbrido, belicista e invasor de Putin, ni con el comunismo hermético de China de Xi Jinping, ni con narcotraficantes, ni con terroristas. ¡No! Estar desolado e indignado por las conductas crueles, prepotentes y genocidas de Netanyahu no es complacerse del terror de Hamás. Estar consternado y comprometido en contra del aumento del gasto militar y de la participación en cualquier carrera armamentista no tiene por qué ser ingenuidad buenista ni resignarse a la debilidad, a la irrelevancia internacional o al riesgo de ser invadidos. ¡No! Estar contra el capitalismo salvaje, descarnado y criminal, no es necesariamente estar convencido de que el comunismo radical, cuando ha sido dictatorial, alienante y también asesino, sea la solución a los males este mundo. Y digo esto porque quienes están, conscientemente, del lado del trumpismo y sus derivadas, a pesar de lo que vemos y padecemos, intentan reducir o elevar al absurdo cualquier posicionamiento contrario para intentar "justificar" un seguidismo al déspota fanfarrón, "injustificable" desde cualquier razón "justa". ¡Eso sí que es polarizar!
Pero evitar esos polos, ambos "negativos" —que, siguiendo las leyes físicas, se repelen—, no es necesariamente situarse en el centro o en los puntos más o menos intermedios, moderados o centrados. Cuando se presentan dos extremos no se debe deducir que, si no estás en uno es que estás en el otro, como tampoco se debería dejar de considerar opciones que están fuera de esa línea graduada, que no tienen nada que ver, porque interpretan otro discurso y proponen cosas diferentes.
Desde hace más de un siglo, el debate político y económico así como las estrategias geopolíticas de arrimarse al poder han estado atrapados en una falsa dicotomía: o la selva del liberalismo desregulado, donde el mercado es un dios ciego que ignora las heridas sociales con una mano invisible que "todo lo arregla", o el estatismo coercitivo, donde la libertad individual se asfixia bajo el peso de un control sistemático centralizado.
Oponiéndose a esa división dual se ha hablado algunas veces de terceras vías. Hace unos días, en el Foro se Davos, el primer ministro de Canadá Mark Carney, ha invitado a la ruptura del viejo orden internacional basado en normas y ha propuesto lo que denomina realismo basado en valores. Acepta que el mundo es como es y que manda quien manda, e invita a las potencias medias a buscarse la vida. Interesante, pero a mi parecer no deja de ser un intento de moderación en lo que es más de lo mismo: liberalismo que se declara inteligente y "de principios", pero egoísta al fin y al cabo, como está en el ADN liberal capitalista, que intenta zafarse, mediante la unidad puntual y de conveniencia entre potencias intermedias, de las hegemonías basadas hasta ahora en la trampa aceptada, y que hoy, trumpista, pretende ser descaradamente imperialista. Al menos, ha expresado desacuerdo y ha advertido, aunque no sé si ha plantado cara. Europa, casi muda, ¿tal vez se mueve algo?
Sin embargo, creo que existen espacios no intermedios, sino diferentes. Ya he expresado en otras ocasiones que apoyo una "vía comunitarista" que no nace de la moderación de uno u otro extremo, sino de la convicción de que el ser humano no es un ente aislado que lucha por sobrevivir en un medio hostil al que debe vencer, ni un mero número del Estado, sino un ser en relación con la comunidad a la que pertenece y que interactúa con otras comunidades buscando el mayor bien particular y general.
El comunitarismo socioeconómico se erige como algo más que una arquitectura de moderación y equilibrio. Frente al neoliberalismo, que reduce la libertad al consumo y la competencia feroz, el comunitarismo propone una libertad orientada y regularizada hacia el bien común. Aquí, la libertad no es hacer lo que uno quiera para solo el propio interés particular, sino la capacidad de participar en la construcción de una sociedad, comunidad de comunidades, más justa.
Por otro lado, a diferencia del colectivismo centralizado, esta vía rechaza la coerción. No busca que el Estado sea el único gestor de la vida, sino que promueve el protagonismo de las comunidades intermedias: familias, cooperativas, barrios y asociaciones civiles. Es una apuesta por la subsidiariedad: tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario, y tanta comunidad como sea deseable, pero la persona es lo esencial y lo que da sentido a instancias y relaciones.
En el modelo comunitarista, la economía no es un fin en sí mismo, sino un medio. Es la Economía del Bien Común (EBC), con sus matrices de evaluación y sus balances. Es un Movimiento ideado por Christian Felber y que a comienzos del segundo cuarto de siglo va mostrando consolidación y resiliencia frente a multitud de detractores interesados. El mercado debe existir, pero no puede ser "amoral". La propuesta es una economía social de mercado donde la propiedad privada tiene una función social. Se reconoce el derecho a la propiedad, pero se entiende que los recursos deben fluir hacia el bienestar colectivo. Se sustituye la "maximización del beneficio propio" por la "búsqueda del beneficio mutuo". Es creer en el destino universal de los bienes como proclama la Doctrina Social de la Iglesia Católica.
Para que este modelo sea practicable y sostenible, no basta con leyes; se necesita una transformación cultural. El bien común requiere sostenibilidad porque es también el bien de las generaciones venideras. La educación para el bien común es el pilar maestro de esta estructura y debe enseñar valores de corresponsabilidad por los que los derechos de cada uno están intrínsecamente ligados a los deberes hacia el otro. Educar en la deliberación democrática y en el respeto a la diversidad desde una identidad compartida.
La vía comunitarista es, en última instancia, una invitación a la democracia participativa. No es un modelo que se pueda imponer de arriba hacia abajo mediante decretos, sino que debe germinar desde la base. Se fomenta la democracia económica, que es la participación de los trabajadores en las decisiones y beneficios de las empresas, transformando el lugar de trabajo en una pequeña comunidad de destino.
En un mundo agotado por la desigualdad del capitalismo salvaje y el fracaso de los autoritarismos, el comunitarismo ofrece una síntesis humanista: libertad con responsabilidad, mercado con alma y Estado con rostro humano. Es el camino para recuperar el sentido de pertenencia, solidaridad y cooperación en un tiempo donde pareciera que estamos volviendo a la paleolítica ley del más fuerte. No se trata por tanto de "más Estado", sino de "Estados diferentes" que crean las condiciones para que la comunidad se gobierne a sí misma con justicia en un contexto de orden mundial cooperativo y de desarrollo sostenible.
Alimento la esperanza de que este sinsentido del trumpismo provoque, por rechazo, el insospechado cambio hacia caminos de bienestar social, común y global. ¿Y si reaccionamos? Por soñar, que no quede.
Pepe Montes.

