"Porque, de todas formas, por algo hay que decantarse", así rezaba una presentación del propio perfil que en sus redes sociales hacía un buen amigo. En gran medida comparto este estilo de afrontar las disyuntivas de la vida.
Cuando uno habla o escribe sobre cuestiones sociopolíticas, trata de hacerlo con toda sinceridad, desde las convicciones más profundas, aunque aceptando los riesgos de las propias dudas e incertidumbres. Cuando lo hago, mis posicionamientos tratan de traducir mis creencias y mis compromisos que, fundamentalmente, se sostienen en mis ideales forjados a partir del mensaje del Evangelio, en mi condición de cristiano, tal como yo entiendo el seguimiento de Jesucristo, en la formación recibida y en las propias experiencias de vida, que van siendo abundantes dada mi edad. En algunas ocasiones se me matiza, se me advierte, se me aconseja, se me confronta o incluso se me reprocha mi escoramiento hacia una determinada orientación y se me insinúa que no es buena la radicalidad y que tampoco lo es la clasificación ideológica que establece bandos.
Se me proclama que en el centro está la virtud. Se me sugiere que hay que evitar calificativos antagónicos como, por ejemplo, izquierda vs derecha, progresistas vs conservadores, democracia vs dictadura, socialismo vs liberalismo, solidaridad vs egoísmo, ricos vs pobres, "algo" vs "antialgo" ... Se sentencia que deberíamos huir de toda ideología, ¡como si eso fuera posible!; aunque claro, se refieren al concepto más peyorativo del término.
Lo reflexiono y veo que algo de verdad puede haber en todo esto, pero también encuentro errores de fondo ocultos que me conviene clarificar, para mí mismo y para ofrecerlo a quienes tenéis a bien leerme.
Podríamos estar de acuerdo en que la moderación es una virtud en la negociación, un pilar en el diálogo y una necesidad en la búsqueda de consensos. Ser moderado es practicar la templanza, estar dispuesto a ceder en algo para avanzar, localizar puntos de encuentro donde parecía que solo había abismos. Sin moderación, la convivencia democrática sería casi imposible, atrapada en la intransigencia y en la confrontación dialéctica de trincheras. Sin embargo, hoy día, algunos elevan esta virtud a la categoría de principio universal, aplicable a cualquier ámbito, incluso a la ética y los valores fundamentales. Y yo creo que ahí no se debería generalizar que en el centro esté lo correcto.
La búsqueda de la equidistancia se ha convertido en una posición moral en sí misma. Se valora el centrismo no por su capacidad para generar acuerdos prácticos, sino como una prueba de superioridad intelectual o ética. La neutralidad muchas veces es el refugio de los que prefieren no arriesgarse, no comprometerse, no elegir. La fórmula que aplican y difunden es simple: si dos posturas están enfrentadas, la verdad debe estar en el punto medio, sin importar la naturaleza de las posiciones en conflicto.
Este centrismo equidistante se disfraza de sensatez, pero en realidad podría ser una forma de tibieza o mediocridad. Ciertamente, no hay nada más cómodo que ubicarse en el centro para evitar la confrontación, para no ser etiquetado o criticado, para no meterse en problemas. Puede ser una forma de vida evasiva que, en muchos casos, legitima la injusticia al ponerla en el mismo plano que la defensa de los derechos. Es la calculada indiferencia práctica ante el bien y el mal, aunque la propia conciencia no sea tan neutral.
Ejemplos claros son la pretendida equidistancia ante el negacionismo climático, ante el genocidio en Gaza, ante las persecución y violencia por causas religiosas, ante la proliferación de totalitarismos, así como las posturas ambiguas que relativizan la violencia de género, el racismo, el odio al diferente o cualquier forma de opresión. Equiparar al opresor con el oprimido no es neutralidad, es complicidad.
Esta obsesión por el punto medio lleva a algunos a un concepto paradójico: el "extremismo de centro" o el "centrismo extremista". No se trata de un centrismo que negocia y pacta, sino de uno que se atrinchera en la equidistancia como si fuera un valor absoluto, incluso cuando esa postura sea perjudicial. Es el radicalismo de la tibieza, es un cementerio de principios. Este "extremismo de centro" se manifiesta en la búsqueda de la media. Su brújula no es la ética, sino la estadística y la elección de lo menos comprometedor.
Frente a este "extremismo de centro", es crucial reivindicar la radicalidad (no el radicalismo), en cuestiones de derechos y valores; la polaridad (no la polarización por la crispación). El radicalismo es negativo cuando implica fanatismo, intolerancia o el uso de la violencia para imponer un ideario. Pero existe una radicalidad moral que es no solo necesaria, sino también admirable. ¿No fue radical y polar hasta el propio Jesucristo? Ser radical en la defensa de la justicia, la igualdad y la dignidad humana no es una opción, es una obligación moral. No podemos ser tibios cuando se trata de defender lo que creemos que es correcto. Entre el bien y el mal, la elección correcta no es el punto medio, sino el bien, con la fuerza y la convicción que merece, admitiendo que se puede estar equivocado, estando dispuesto a corregir y cambiar, respetando al que piensa diferente.
La moderación en la ética podría ser sinónimo de cobardía. La templanza es una virtud, pero la pusilanimidad no.
La moderación es una herramienta, no un fin. El diálogo es el camino, pero no podemos perder de vista el destino: una sociedad más justa, equitativa y digna. Y cuando la balanza de la justicia se inclina, no podemos quedarnos en el centro para no molestar, para mediar con el "que haya paz". La verdadera actitud pacificadora no está en la equidistancia, sino en la radicalidad de nuestra conciencia, en la firmeza de defender la justicia, los derechos y los valores, sin concesiones ni cálculos, pero siempre con noviolencia. Es la única forma de avanzar, de construir un futuro que no se conforme con la mediocridad, sino que aspire a la excelencia moral.
Pepe Montes.

