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sábado, 11 de octubre de 2025

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Agitar y servir - La espiritualidad que humaniza.

La abundancia -o la escasez- del corazón, de la que habla la boca, según el pasaje del evangelio de Lucas, es la vida interior. También lo llamamos espiritualidad, y a ella me voy a referir en mis reflexiones siguientes en su sentido más amplio, no estrictamente religioso. La espiritualidad puede aquí ser entendida como el anhelo del sentido profundo, la ética universal, la solidaridad real, la búsqueda e incluso la relación con lo trascendente, la interpretación y la expresión coherente de los sentimientos, la admiración y el goce por el arte, la belleza y la bondad, la integración armoniosa de nuestros sentidos con la naturaleza, la unión amorosa...


Si lo pensamos con cierta profundidad, sentimos cuánto de espiritualidad tenemos aunque no hay patrón de medida. Y por comparación con nosotros mismos, a veces nos atrevemos a calcular o medir a los personajes públicos y a aquellos a los que tratamos con frecuencia si no son demasiado opacos ni utilizan maquillaje mediático. ¡Cuánto aprendo a diario de la gente que vive intensamente su espiritualidad!


Pero también hay gente muy pública y muy famosa, a veces incluso con responsabilidades y autoridad, que dan muestras de una escasez casi agónica; y hay gente "corriente" que se deja llevar por la "idem", que apenas la disfruta y ni siquiera apetece hablar de ese aspecto innegable de nuestro ser. ¿Por qué será? Y eso que la vida interior es parte fundamental de nuestra identidad, porque es la conciencia de nosotros mismos en relación con el mundo que nos rodea, integrada por nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y reflexiones. Estando vivos, seamos conscientes  o no, tenemos vida interior -más o menos, mayor o menor- y ésta indica el grado de nuestro desarrollo como personas. 


El ser humano moderno se mueve inmerso de una paradoja deslumbrante. Nuestros logros en el plano material y del conocimiento son enormes. La ciencia y la tecnología avanzan a un ritmo vertiginoso, redefiniendo la vida, la comunicación y la propia comprensión del universo. La inteligencia artificial replica el pensamiento humano en máquinas, procesa datos y simula procesos intelectuales complejos, pero no deja de ser tecnología y ciencia, un mero avance, aunque deslumbrante, en el conocimiento y la comprensión de lo material.


Sin embargo, al contemplar este progreso imparable en lo externo al ser humano, vemos que no se corresponde con un desarrollo notable de lo interior; es decir, podríamos constatar, sin extrañarnos demasiado, la aparente regresión o, cuando menos, el estancamiento en el desarrollo de la espiritualidad.


Asistimos a una civilización que conquista de forma  imparable el exterior, pero que a menudo parece haber olvidado la conquista de su propio interior. Y de esto nos percatamos en una visión  de conjunto, que es suma resultante de lo que ocurre en la individualidad. 


Lo preocupante es que esa insuficiencia espiritual podría devenir en atrofia de la conciencia, lo que espero y confío, con esperanza cristiana y no solo con optimismo, que no va a ocurrir porque el ser humano pronto activará mecanismos correctores.


Para analizar esta disonancia me resulta interesante mirar la evolución con una perspectiva de largo alcance, como la que ofrece Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), paleontólogo y sacerdote jesuita. Su filosofía propone que la evolución no se detuvo con la aparición del ser humano, sino que ha continuado y continuará su marcha hacia una mayor complejidad y hacia una mayor conciencia. Según Teilhard, la evolución del cosmos o universo, desde su comienzo o creación, ha pasado por sucesivas fases: la materia inerte, la vida, la esfera del pensamiento en la mente humana y la conciencia, que es parte constituyente del ser humano y que envuelve el mundo. La evolución sigue un principio por el que el aumento de la organización material debería generar un incremento de la vida interior -conciencia o psiquismo-. Cuando emerge la conciencia humana sucede la "hominización", que es un punto crítico de inflexión en la evolución. Pero, según el filósofo y teólogo, el proceso no termina ahí, porque todo está destinado a converger donde la personalidad alcanza su plenitud en la máxima unidad y donde el espíritu y la materia, en última instancia, se funden en el ser. El desarrollo de la espiritualidad, en esta cosmovisión, no es un mero asunto de religiosidad personal, sino el motor y el destino final de la evolución cósmica. 


Quiero creer y creo esto, pero la trágica ironía de nuestro tiempo reside en que la herramienta que podría ser la más potente para la convergencia -la tecnología y el conocimiento- parece estar creando, simultáneamente y contra-natura,  regresión espiritual, moral y existencial.


Observamos que mientras la tecnología conecta al mundo, las sociedades se polarizan divergentemente, siendo cada vez más difícil el acuerdo global en asuntos de máxima importancia. La capacidad creciente de procesamiento de información no genera automáticamente una mayor comprensión mutua o empatía, sino que parecería que sucede al contrario.


El desarrollo material y científico, que impulsa la complejidad avanza a pasos agigantados. Hemos descifrado el genoma, viajamos al espacio, podemos comunicarnos instantáneamente a través de inmensas distancias, construimos robots y nos servimos de inteligencia artificial que procesa instantáneamente datos y conocimientos casi inconmensurables. No obstante, el "interior" de este proceso, la conciencia o espiritualidad, parece ir a un ritmo lento e intermitente con sucesivas vueltas atrás. Si la aceleración tecnológica es un tren AVE, la evolución espiritual es una bicicleta que avanza a duras penas cuesta arriba y que nos hace poner pie a tierra con frecuencia. 


Estamos viendo que la ciencia, en su maravillosa labor de describir el cómo funciona el universo, normalmente deja un vacío en la respuesta al por qué existimos. Esto genera una profunda crisis de sentido, una ausencia de propósito que, aprovechada e impulsada por intereses egoístas y oportunistas, se disuelve en el consumo materialista o en la hiperactividad vacía, en la vanidad de vanidades que tanta gente percibe aunque no sabe explicar.


Pese a tener acceso a más información,  a más tecnología y a una mayor capacidad de interconexión, la fuerza de la unión y el amor parece débil. Tenemos una conciencia colectiva pobre que aún no ha logrado superar el egoísmo tribal ni trascender la explotación material. Nos comportamos, a escala global, de una manera impropia del ser humano, ya que la verdadera culminación evolutiva no es solo la máquina que lo conecta todo, sino la conciencia que se une en el amor. La espiritualidad, en su acepción más amplia, es precisamente esa energía de unión y convergencia que tan lejos parece estar, máxime cuando no aparecen señales que indiquen esa tendencia.


Para superar el actual desfase necesitaríamos comprender que el desarrollo material es un medio y no un fin. Los avances deben utilizarse para facilitar la dirección de la evolución en el plano de la conciencia: para fomentar la solidaridad, la comprensión intercultural y la acción colectiva por el bien común. 


Para invertir esa tendencia que al final nos cosifica, es necesario reintroducir la búsqueda del sentido y lo trascendente en la educación de nuestros niños y jóvenes, en la cultura de nuestras comunidades y pueblos y en la política que regula la búsqueda y consecución del bien común, no como una vuelta al dogma, sino como la activación de la dimensión más avanzada y evolutiva del ser humano. La introspección, la meditación, la práctica de la empatía, la oración -para los creyentes-, no son un lujo, sino una necesidad evolutiva. El amor es la fuerza de atracción hacia la unidad de esa vida en evolución. Solo el amor puede garantizar que el materialismo no colapse por su propio peso. Es la única fuerza capaz de llevar a la humanidad a la unión, más allá de la mera coexistencia.


Estamos a tiempo, podemos hacerlo si queremos, porque el desajuste entre nuestro avance técnico y nuestro estancamiento espiritual no es una fatalidad, sino una advertencia crítica. Si no acompasamos nuestra inteligencia para construir y conectar con nuestra sabiduría para unir y amar, corremos el riesgo de que la maravillosa creación universal se convierta en una compleja red de antagonismos donde el espíritu se va ahogando por la frustración. La espiritualidad, como conciencia de la unidad y motor del amor universal, es la fase final y necesaria de la evolución, como afirmaba Theilard. Aquí los cristianos podríamos sentirnos aventajados como para animar a otros, ya que con el filósofo estamos convencidos que la Encarnación es el gran hito evolutivo de la creación.


Es tiempo de que la bicicleta de la conciencia alcance al AVE del conocimiento, si no por velocidad, si por convicción de destino. Podría ser momento de plantearnos, a nivel individual, qué hacer para mejorar nuestra vida interior; y, a nivel colectivo, cómo incidir en la educación, la cultura y la política para tender al desarrollo espiritual sin el que no hay verdadero desarrollo humano íntegro.


Pepe Montes.