Se acerca el momento de acudir a las urnas en nuestra Comunidad Autónoma Andaluza. Como ciudadano andaluz, no puedo ver el momento de votar solo como un acto administrativo o una rutina democrática; es una llamada a la responsabilidad y un ejercicio de discernimiento sobre qué modelo de convivencia queremos construir para nuestra comunidad. Desde luego, pienso que no se parecerá en nada a lo que nos propone el líder nacional de uno de los partidos que concurren, que ha venido a hacer precampaña insultando la inteligencia, las aspiraciones, las buenas entrañas y la memoria de los andaluces, desde los pensamientos más rancios, excluyentes y retrógrados. Sí, me refiero a Santiago Abascal, de VOX, cuyos planteamientos no merecerían siquiera mi atención y esperaría que no fueran secundados ni mínimamente, aunque me temo que logran arrastrar a un cierto número de desencantados o directamente a personas, que también las hay en nuestra tierra, con escaso sentido de valores cooperativos y bien común. Respeto a las personas, pero no puedo aceptar ni ser indiferente a algunas ideas que considero verdaderamente tóxicas para esta sociedad.
En el corazón del mensaje evangélico, en el que creo, por el que me guío y el que quiero practicar, reside la dignidad de la persona y la búsqueda del bien común, cosas que deseo para nuestra tierra y nuestra gente... cosas que estoy seguro que comparten la mayoría de mis paisanos. Creo tener bastante claro, desde mi fe y mi subjetividad que iluminan mis convicciones sociopolíticas, lo que nuestra tierra necesita y demanda. Por eso, al mirar el horizonte de estas elecciones autonómicas, pienso que los andaluces no merecemos ni enaltecimientos patrioteros ni promesas vacías, de escaparate, sino esfuerzo político coordinado y eficaz para lograr un bienestar social verdadero e igualitario. Estoy seguro de que no queremos un progreso que deje a nadie en la cuneta, sino una justicia social que ampare a todos y una cooperación creativa que actúe como motor de desarrollo de nuestro progreso y nuestra autonomía.
Para mí, como para cualquier andaluz de buena voluntad, la aspiración es sencilla pero profunda: queremos bienestar y servicios públicos bien gestionados y para todos. Nuestra Andalucía ha sido, por siglos, prueba y experiencia de encuentro, coexistencia y cooperación de culturas y ejemplo de hospitalidad. No podemos renunciar a ese ADN de apertura y acogida integradoras. Las andaluzas y andaluces sabemos que queremos un progreso adaptado a los tiempos, sí, pero que sea equiparable al del resto de comunidades, rompiendo de una vez por todas con las brechas de desigualdad que históricamente nos han castigado.
Andalucía posee un capital humano motivado, dispuesto y capaz, y tiene recursos naturales excepcionales que claman por un salto hacia la vanguardia. Sin embargo, este impulso transformador se enfrenta a persistentes presiones, tanto internas como externas, que pretenden anclar la región en un pasado de estructuras obsoletas e involución social, promoviendo un sentido restaurador de viejas jerarquías de clase. Se intenta perpetuar una visión de nuestra tierra como mero escenario de servicios o zona de extracción de materias primas, excluyéndola sistemáticamente —o forzándola a la conformidad— en los sectores estratégicos de la reindustrialización, la ciencia y la tecnología punta. Los políticos y gobernantes que hemos tenido desde la transición hasta ahora no han sabido o no han querido zafarse de esas presiones. Al final, el destino de la comunidad no es una fatalidad histórica, sino el resultado directo de una voluntad política que debe decidir entre gestionar la conformidad o liderar un progreso real. De ahí la importancia de saber lo que queremos e igualmente saber elegir a quienes deberán liderar su consecución.
Sabemos lo que queremos: una sanidad, una educación y unos bienes y servicios públicos de alcance general que permitan el desarrollo y la salud a todos los miembros de la comunidad. Los andaluces y andaluzas aspiramos a una convivencia sana y pacífica, basada en relaciones de acogida y respeto a la diversidad. Hay mucho trabajo por delante, porque hay mucho por crear, transformar y hacer. Queremos, por supuesto, empleo digno y decente para todos, porque el empleo es la base de la realización personal. Queremos políticas activas contra la pobreza y contra las estructuras económicas injustas que la perpetúan. Queremos, y esperamos lograr entre todos, políticas de viviendas que permitan acceder y disfrutar justamente de ese derecho. Y queremos espacios urbanos y naturales sostenibles, que respeten el medioambiente —la Creación—, nuestra casa común.
Pero saber lo que queremos implica, necesariamente, identificar lo que no queremos. Rechazamos frontalmente la demagogia, el cinismo político y la crispación permanente —contexto ideal para los antidemócratas y para los aprovechados—. Los andaluces y andaluzas rechazamos la cultura del enfrentamiento. Sabemos que no podemos edificar nada sólido sobre el odio o las trincheras ideológicas que dividen familias y pueblos. Lo sabemos y, por ello, decimos "no" a las mentiras, al clasismo y a cualquier forma de machismo o fobia por motivos de raza, sexo o religión.
No queremos un patriotismo populista y excluyente que utiliza los símbolos para separar en lugar de unir. El amor a Andalucía no se mide por la estridencia del discurso, sino por el servicio demostrado a la comunidad y a la ciudadanía. Estamos cansados de la política del ruido. Queremos participación real y un respeto sagrado a las libertades y a los Derechos Humanos. No aceptamos la uniformidad; amamos nuestra cultura diversa y su pluralidad. La intolerancia no tiene cabida en una sociedad que busca el bien común que, para mí, es un signo social, concreto y presente del Reino de Dios.
Ante estas próximas elecciones deberíamos promover un voto por la esperanza. El voto debe ser un instrumento de justicia y de caridad política. Que nuestra elección no nazca del miedo ni del rencor, sino de la esperanza de ver una Andalucía donde la prosperidad sea compartida y la dignidad humana sea el centro de toda acción de gobierno.
Sabemos lo que queremos: una tierra que sea reflejo de esa fraternidad a la que todos estamos llamados. Si estamos atentos a la vida, por la experiencia o la deducción, ya nos habremos dado cuenta de quiénes merecen la confianza de conducirnos hacia ahí. Por sus posiciones, por sus discursos, por sus acciones y por sus frutos ya los vamos conociendo.
Pepe Montes.


