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domingo, 26 de abril de 2026

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Agitar y servir - Invitación subliminal

Puedo respetar pero no puedo entender ni compartir que la Conferencia Episcopal Española dé su apoyo o consienta los postulados sociopolíticos de la derecha y ultraderecha —si no siempre explícitamente, sí al menos implícitamente—, en sus declaraciones institucionales públicas y en los medios de comunicación que son de su propiedad y no sé si también de su control. Porque aunque no lo diga, se alinea claramente con las derechas apoyando su ideario, sus escasas propuestas, omitiendo o suavizando cualquier crítica a su bronca oposición y, por el contrario, mediante su crítica severa al Gobierno de izquierdas —lo que no estaría mal si fuese cimentada en la autenticidad del Evangelio, ecuánime, simétrica, mesurada, proporcionada, veraz y sin oportunismo preelectoralista—. Muy poco de eso noto habitualmente en las comunicaciones de la Conferencia Episcopal Española.


¿Está bien que la Iglesia pueda hacer crítica política? Insisto en que sí. Es la denuncia profética imprescindible que no puede faltar en quienes trabajan por difundir el Evangelio. Pero me da la sensación de que la CEE y muchos obispos se despachan a su gusto con afirmaciones y acusaciones muy graves y propias de oposición política de derribo, a la vez que omiten —creo que deliberadamente—asuntos de innegable actualidad que, tal vez, merecerían un reconocimiento a las izquierdas y una reprobación a las derechas. Y en estos dias me pregunto si algunas declaraciones institucionales no serán para contrarrestar las simpatías emergentes desde la comunidad católica hacia el Gobierno —o para deslucir un éxito quizás oportunista— por sus posicionamientos ante la guerra, la regularización de inmigrantes, el escudo social, las políticas igualitarias, el reconocimiento internacional y la sintonía con el Papa.


Entre otras cosas, se afea al Gobierno que quiera intervenir demasiado en la sociedad civil y controlar los medios de comunicación, y que solo parezca importarle en el diálogo compartido los asuntos de abusos a menores en el seno de la Iglesia y la resignificación del Valle de Cuelgamuros. ¿Será que la cúpula de la Iglesia en España preferirá el estado mínimo, el liberalismo puro, o que querrá ella intervenir y controlar de la mano de la derecha —o viceversa— porque solo así se hará bien?  Se puede intuír, como siempre, sus prioridades y sus líneas rojas, que siguen siendo el cumplimiento de las leyes divinas, la moral de oposición a toda ideología —en especial en lo que atañe a sexualidad y género y en lo referido a la definición del comienzo y el final de la vida— y el anticomunismo. 


Pero volviendo al control de la comunicación, sinceramente creo que en el panorama actual español la Iglesia tiene más oportunidad para ejercerlo que el propio gobierno. Y no digamos la derecha social, económica y política, que no admitiría como legal ninguna línea editorial que no sea la de su cuerda. 


En el ecosistema informativo español, la Iglesia Católica no es un actor secundario, tampoco lo es como grupo de opinión e influencia, Su presencia es un tejido complejo donde se cruzan la legítima evangelización, la gestión empresarial y una pugna ideológica que a menudo pone a prueba la coherencia del propio mensaje cristiano. La Iglesia no solo participa en el debate público; es propietaria de grandes conglomerados de comunicación como el Grupo COPE o TRECE. Esta apuesta por medios propios garantiza una voz en el espacio civil, pero plantea dilemas éticos sobre la financiación, contenidos, línea editorial y posicionamientos sociales y políticos. Es sumamente fácil verificar que ambos medios actúan como altavoces de los valores conservadores y liberales en lo económico, pero con una capa de solidaridad social obligada por su pertenencia a la Iglesia Católica. Su línea editorial está ciertamente marcada por la promoción del humanismo cristiano, pero también por la defensa de la unidad de España y una postura crítica hacia las políticas de la izquierda progresista y, por ende, muy alineada con la derecha conservadora y, a veces, con la ultraderecha reaccionaria. Los mayores desafíos son la coherencia, la veracidad y la confiabilidad. Las incoherencias saltan al oído y a la vista y, por ello, los otros desafíos quedan inevitablemente en cuestión. 


Podemos estar de acuerdo en que un medio católico que no incomoda al poder corre el riesgo de volverse oportunista. El rol de los medios eclesiales debería ser, por definición, profético. La Doctrina Social de la Iglesia exige una apuesta clara por la justicia social y el fomento de valores humanos universales. Sin embargo, la percepción pública suele ser distinta. Existe una tendencia histórica hacia la connivencia política con un claro alineamiento con sectores conservadores. Este sesgo provoca un distanciamiento con el sector progresista de los fieles, que no se ve representado en editoriales que parecen más preocupados por una guerra cultural que por las bienaventuranzas.


El rol profético implica denunciar la injusticia, incluso cuando esta proviene de los sectores que sostienen económicamente al medio o muestran afinidad con el interés mundano —hay que decirlo— de la Iglesia. 


También puedo reconocer buenas prácticas: programas que dan voz a los marginados, crónicas de misioneros y análisis profundos desde la Doctrina Social. No obstante, estas suelen quedar enmudecidas por el ruido de la política partidista. Ser "voz de los sin voz" requiere algo más que buenas intenciones; exige independencia editorial frente a las élites.


Para que la Iglesia en España recupere su autoridad moral en los medios, debe priorizar la coherencia. La apuesta debe ser por un periodismo que, más allá de la rentabilidad o la influencia política, se centre en la dignidad humana y la verdad. Solo así dejarán de ser percibidos como la voz de los poderosos para convertirse, de verdad, en un reflejo del espíritu evangélico en la esfera pública.


Por estas razones, porque percibo que las derechas en España y en el mundo se alejan cada vez más del espíritu y de la praxis cristiana, aunque siguen recibiendo el apoyo y el respaldo mediático de la Iglesia a la que pertenezco, con cierto pudor, sin ánimo de molestar demasiado, pero con la libertad que me da sentir y declarar que no represento a nadie más que a mí mismo en esto que escribo, voy a decir, así, de frente, en conciencia y con convencimiento, que no voy a apoyar las propuestas que hacen la derecha y ultraderecha española en asuntos como los de guerra y paz, migraciones, fiscalidad, derechos y justicia social, vivienda, relaciones internacionales, bienes y servicios públicos, transparencia y valores democráticos, ...;  y, por lo tanto, no los voy a votar cuando sea convocado a comicios electorales en cualquiera de los ámbitos; y, además, así lo expresaré con respeto en donde sea pertinente comunicarlo, bien en conversaciones particulares o en cualquier otro espacio de expresión libre; e incluso, lo propagaré si puedo. A la vez aceptaré respetuosamente que otros no estén de acuerdo conmigo, que apoyen y voten a ese espectro político, y que lo expresen cuando quieran, también respetuosamente; aunque, dependiendo de qué personas o instituciones, lo entenderé o no. 


Con este descarte las opciones que se me plantean quedan reducidas. Pero vamos a seguir participando democráticamente, aunque no secunde la invitación subliminal de medios eclesiales.

Pepe Montes.