Agitar y servir - Lo que quiere la buena gente - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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jueves, 26 de marzo de 2026

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Agitar y servir - Lo que quiere la buena gente

Las personas buenas desean el mayor bien para todos en cualquier circunstancia, anhelan un mundo mejor y, normalmente, albergan la confianza en que ese mundo llegará. Por soñar, que  no quede. Bastante egoísta e insolidario habría que ser para no considerar un magnífico objetivo llegar a establecer la sociedad ideal y soñar con alcanzar el buen vivir colectivo y sostenible: el bien común. 

¿Es que puede haber gente "bien nacida" que no esté de acuerdo en apreciar el bien común? Pues sí, puede haber gente, aunque quizá no merecería la calificación coloquial que usé. Yo creo que es solo una minoría que "padece" lo que es cierta enfermedad de "perversión humana"  consistente en no desear el bienestar general por temer que éste perjudique el bienestar individual, es decir el suyo. En cierto modo es una minoría algo "sociópata", pero poderosa e influyente. También hay gente —minoría también, aunque seguramente demasiada— que, convencida de que eso del bien común es una utopía inalcanzable, se dice a sí misma algo así como que "esto es una competición, solo los primeros  triunfan, yo a lo mío, voy a pelear por mi propio bien y que los demás hagan lo suyo si quieren". Pero yo creo que la inmensa mayoría de seres humanos es buena gente que desea una auténtica sociedad de bienestar y, cotidianamente, con su trabajo, con el pago de sus impuestos y con sus acciones ciudadanas, hace lo que puede y espera que llegue a ser una realidad. Aunque, verdaderamente, tan solo unos pocos se comprometen de forma militante en la transformación social que merece esta causa. 

En el meollo de este asunto están los gobernantes y quienes aspiran a serlo, que, teniendo o debiendo tener el poder y los medios para realizar, o al menos caminar, hacia ese sueño, se ocupan de que los posibles logros lleguen, como cabría desear y esperar, al conjunto de la sociedad o, preferentemente —tal vez exclusivamente—, solo a unos pocos privilegiados. Esa preferencia, que es deliberada y gradual, marca la diferencia entre unos y otros políticos, entre unos partidos y otros.

Yo creo que esa sociedad ideal no deberíamos pensarla como una utopía estática, no es un "Shangri-La"  idílico ficticio, sino un contexto ecosocial y de convivencia posible y real, en equilibrio dinámico, donde la dignidad humana no es negociable, sino la razón permanente  y última. 

Para alcanzar este estado de convivencia satisfactoria necesitamos pasar del individualismo defensivo a un compromiso estructural para transformar nuestra realidad social. Si, es cierto que la historia  y la experiencia humana afirman con rotundidad que es muy díficil, casi imposible, y que solo en espacios y tiempos muy reducidos o en pequeñas comunidades se ha visto algo asimilable; pero en realidad debería ser fácil, porque es lo esperable y lo lógico dada la innata vocación humana hacia el mayor bien y su capacidad para hacerlo de acuerdo  a cada tiempo. Hoy, sin duda, tenemos ciencia, tecnología y desarrollo en general más que suficientes.

Permitidme hacer un recorrido breve, no exhaustivo y con intención solo indicativa, examinando el panorama de lo que nos debemos a nosotros mismos por ser acreedores a las condiciones y exigencias de la dignidad humana.  

Para empezar, digo que en esta sociedad solo el egoísta e insolidario puede no desear conseguir un sistema sanitario de alcance universal, donde todos puedan servirse del derecho a la atención médica preventiva, primaria, de urgencia, quirúrgica y farmacéutica necesarias; donde la prevención supere a la curación y la salud mental y el derecho a la calma, sobre todo en la tercera edad, sean pilares básicos, no un lujo. Se requeriría blindar por ley un porcentaje suficiente del PIB para el sistema público sanitario, impidiendo que el ánimo de lucro ponga en riesgo o en precariedad la atención máxima a la salud. Las listas de espera deberían reducirse a la mínima expresión, solo admitiendo como causa los indispensables tiempos de buena gestión.

Sigo el repaso: ¿Es que va a ser imposible que en nuestro mundo de siglo XXI dispongamos de un sistema de educación eficiente y consensuado? Yo creo que es factible, que podemos soñarlo y podemos hacerlo. Son perfectamente posibles escuelas y sistemas educativos que no formen a meras piezas de engranajes, sino a ciudadanos creativos y empáticos. Debemos procurar la mejor educación para la ciudadanía. Para ello, entre otras cosas, hay que hacer una reducción drástica de ratios alumno-profesor y una inversión masiva en formación docente continua en todos los niveles.

Ya metidos, seguimos con los temas que nos preocupan: ¿Por qué no una red de transporte con fluidez sostenible? Ir hacia la implantación de redes de transporte donde los desplazamientos, la movilidad y los traslados de mercancías sean eficientes y el vehículo privado sea casi innecesario. Es bueno poder garantizar la gratuidad o el bajo coste del transporte público de viajeros. Es muy interesante priorizar el ferrocarril respecto a la carretera y al avión. Red ferroviaria, tráfico aéreo, transporte marítimo y carreteras con criterios de seguridad y sostenibilidad.

¿Y el tema de la terrible situación de la vivienda en nuestro país? Tanto no debe costar aceptar estatalmente y en los demás ámbitos de la administración que el suelo sea gestionado con miras al bien común. Constitucionalmente está declarado el techo como derecho y, por lo tanto, se deben hacer políticas consecuentes con ello. Nadie en nuestras ciudades y poblaciones debe destinar más del 30% de su salario a una vivienda. Entre otras medidas, es necesario y posible crear un parque público de vivienda de alquiler permanente, promover vivienda a precio tasado y regular los precios en zonas tensionadas.

Seguimos: La cultura es alma. Claro que sí, es  oxígeno para todos. La sociedad ideal ve la cultura como un bien de primera necesidad, y por ello procura que sea  accesible en cada barrio. No hay que invertir  demasiado para lograrlo. Se trataría, por ejemplo, de descentralizar las instituciones culturales y fomentar el mecenazgo ciudadano con beneficios fiscales directos.

¿Qué decir del apoyo  y protección de la familia? El bienestar general exige aceptar e integrar la diversidad familiar. Impulsar una sociedad en la que se vive bien es facilitar un entorno donde cualquier modelo de familia sea protegido y celebrado. Para ello se implementan medidas que lleven a la universalización de la educación infantil en los primeros años y permisos de cuidados retribuidos y equitativos. 
Apoyo y acompañamiento a los jóvenes para que puedan estudiar hasta donde deseen y para que puedan emanciparse y proyectar su vida sin miedo al mañana. Mantener una Renta Básica de Emancipación y planes de inserción laboral que impidan la precariedad estructural. Renta Básica Universal asociada a planes de inserción sociolaboral. 

En ese mundo de buen vivir la seguridad es entendida como cohesión social, no como vigilancia. La paz se educa, se aprende, se prepara y se practica con herramientas de paz. La paz es estado de vida. Renuncia progresiva al armamentismo y al militarismo. Garantizar la protección de los derechos y libertades, de la buena convivencia, con medios noviolentos. Promover la participación. Inversión en servicios sociales para atajar la raíz de los conflictos y cuerpos policiales con enfoque de verdadero servicio comunitario. 

Un aspecto destacable en una sociedad ideal es el tema de la gestión del ocio. El buen uso del tiempo libre como tesoro. Espacios públicos de calidad para el encuentro, el disfrute y el descanso gratuito. Espacios verdes que cumplan los estándares de buena vida. Recuperar plazas y parques, desanimando la comercialización extrema del tiempo libre.

Unas instituciones y una ciudadanía que se toman muy en serio la protección del medioambiente, el cuidado de la casa común. Promover la educación ambiental. Todas las actividades con garantías de sostenibilidad. Fomentar la corresponsabilidad ecosocial. 

Todos podemos estar de acuerdo en que la base del desarrollo es lograr el pleno empleo y posibilitar que se lleve a cabo con racionalidad y buen  equilibrio la máxima de que se trabaja para vivir y no de que se viva para trabajar. Jornadas laborales que permitan la vida personal y salarios que garanticen la autonomía.
Implementar la semana laboral de 35 horas y fortalecer la negociación colectiva frente a la automatización. El pleno empleo logra poner en juego todos los recursos humanos y es el mejor escenario de cooperación y contribución al bien común. Trabajo para todos para cancelar progresivamente los índices de pobreza.

En efecto, todo esto cuesta mucho dinero. Llevar a cabo el desarrollo integral del buen vivir exige inversión, no gasto. Es el momento de aplicar la teoría  económica del bien común. La cuantía de la inversión se aminora cuando los recursos ya disponibles se hacen eficaces, eficientes y, como consecuencia, efectivos. Se pueden reducir o eliminar progresivamente gastos no prioritarios o innecesarios, como las enormes partidas presupuestarias destinadas a la defensa. Se pueden aumentar los ingresos públicos y, por tanto, la disponibilidad de inversión en bienestar social, incrementando los impuestos a las grandes fortunas, a la banca y a las grandes corporaciones como las energéticas. Se debe reequilibrar bajo parámetros de justicia distributiva la relación  entre los beneficios empresariales y los salarios.

Alcanzar este ideal no es cuestión de magia, sino de voluntad política y de eficacia en la redistribución. El camino exige una reforma fiscal progresiva que financie lo común y una ciudadanía activa que entienda que el bienestar propio solo es sostenible si es compartido. El sueño está diseñado en el corazón de cada buena persona; la política debe ser la herramienta para construir los cimientos de ese edificio que, si queremos, haremos entre todos, aunque algunos se empeñen en desmontarlo desde la descalificación del propio proyecto. Absténganse de intervenir en esto las malas personas.

Pepe Montes.