Mi generación nacíó y creció en un contexto sociocultural patriarcal y, como consecuencia, aprendimos y asimilamos pensamientos y comportamientos machistas normalizados socialmente. Nada ni nadie te hacía pensar que en ello hubiera error. Era el orden natural de las cosas. Los primeros cuestionamientos al respecto los localizo en mi vida a partir de mi adolescencia y primera juventud, allá en la época de la transición de régimen político. Y esos cuestionamientos han ido resolviéndose hacia criterios de una mayor igualdad, en gran medida gracias a la conciencia creciente creada por el feminismo, pero todavía siguen apareciendo y zarandeando mi conciencia porque hay micromachismos ocultos pendientes de resolver y que, de vez en cuando, se dejan ver a pesar de mis absolutas convicciones igualitarias. Soy, sin duda, hijo de una época de cambio. Aprendo mucho día a día de mi mujer y mis hijas. Seguramente, sin pretenderlo y sin saber que lo consiguen, me muestran el camino. Está sucediendo una transformación verdaderamente revolucionaria que recupera la equidad que siempre debió ser lo natural, pero aún no se ha consumado definitivamente, y prueba de ello son los datos escalofriantes de violencia y abusos y las brechas socioeconómicas de género, incluso en las sociedades más avanzadas como esta en que vivimos.
Buen día hoy para reflexionar que, siendo la igualdad lo justo y natural, ¿cómo se puede entender ese ancestral patriarcado machista existente en casi todas las civilizaciones y culturas desde todos los tiempos? La antropología lo explica como una combinación de factores evolutivos, económicos y simbólicos, que siempre han concurrido en una especie de "tormenta perfecta" para favorecer el dominio masculino. Se argumenta que la biología reproductiva marcó el inicio. Durante gran parte de la historia humana, la supervivencia de la especie dependía de una alta tasa de natalidad. Por la carga de la gestación las mujeres pasaban gran parte de su vida adulta embarazadas o lactando, lo que limitaba su movilidad en actividades de alto riesgo o larga distancia, como la caza o la guerra. También la cuestión de la fuerza física. En contextos de tecnología pre-industrial, la fuerza muscular era el principal capital. Esto dio a los hombres una ventaja inicial en la defensa del territorio y el control de recursos pesados. El patriarcado "cristalizó" con la invención de la agricultura. El paso de la azada al arado pesado favoreció la valoración de la fuerza masculina, relegando a la mujer al ámbito doméstico.
Sociológicamente, el patriarcado está ligado a la cultura "nada culta" de la guerra, donde las sociedades que sobreviven son aquellas que logran organizar ejércitos eficientes. Esa barbaridad parece tener aún actualidad. Dado que los hombres eran los principales combatientes, las instituciones políticas nacieron de las jerarquías militares. Quien ostentaba el monopolio de la fuerza, ostentaba el poder de decisión. Una vez establecida la jerarquía física y económica, se legitimó mediante la cultura y la religión. La adoración de dioses padres y guerreros consolidó la idea de que la jerarquía masculina era un "orden natural" o divino. Lo masculino se asoció con la cultura, la inteligencia, la razón y el orden, mientras lo femenino se vinculó con la reproducción, la emoción, la provisión domésticaz, la satisfacción sexual y el caos asumible.
En resumen, el patriarcado no es, nunca fue, un rasgo biológico inevitable, sino un sistema de adaptación arraigado en la ley del más fuerte que resultó "exitoso" durante el desarrollo de las civilizaciones agrarias y militares, perpetuándose luego a través de las instituciones sociales.
Pero el patriarcado es un orden convencional injusto y ninguno de los argumentos que pudieron justificarlo o explicarlo tienen hoy en día consistencia. Hay un gran reto por delante hasta que la igualdad sea costumbre.
Yo creo que está muy bien que, recordando reivindicaciones femeninas históricas y reconociendo a todas las mujeres sufrientes de la desigualdad, cada 8 de marzo, el calendario nos obligue a detener la mirada en una lucha que no entiende de descansos. El Día Internacional de la Mujer, o de la Mujer Trabajadora, según se prefiera el matiz, no es solo una efeméride; es el recordatorio de una deuda histórica, un tributo a la perseverancia y un homenaje a todas las mujeres. Hoy, más que nunca, es imperativo decir gracias al movimiento feminista. Gracias por ser la brújula moral que ha ensanchado las democracias y por recordarnos que ninguna sociedad es libre mientras la mitad de su población camine con miedo o en desventaja.
La historia de la humanidad tiene rostro de mujer, aunque el relato oficial se haya empeñado en borrarlo. Desde las cuidadoras anónimas que sostienen la vida en todos los tiempos hasta las científicas, artistas y líderes que desafiaron el silencio, la mujer ha sido el motor silencioso del mundo. Es justo y necesario pedir perdón por una cultura machista y patriarcal que ha asfixiado talentos, silenciado voces y construido un sistema basado en el privilegio de unos sobre otras.
Sin embargo, la disculpa es estéril si no hay voluntad de cambio. Aunque hemos avanzado, la perseverancia del machismo sigue latente. Se manifiesta en los micromachismos cotidianos —esos comentarios y actitudes que algunas veces parecen despistes o bromas pero son muros— y en una estructura social que aún se resiste a la transformación. En la esfera laboral, la brecha salarial y el techo de cristal siguen siendo realidades tangibles; en la doméstica, la carga mental y el reparto desigual de los cuidados demuestran que el hogar sigue siendo, para muchas, un espacio de presión abusiva e injusta.
No podemos olvidar la herida más profunda: la violencia de género. Es una lacra insoportable que nos avergüenza como especie. Cada caso es una vida rota y una señal de que el sistema aún falla en proteger lo más sagrado: la integridad y la vida de las mujeres.
El feminismo ha transformado el mundo positivamente, enseñándonos que la igualdad no es quitar derechos a nadie, sino repartirlos con justicia. Pero esta transformación debe llegar a todos los rincones, incluyendo las instituciones más tradicionales.
Como creyente cristiano católico, es doloroso observar la resistencia al cambio en el seno de la Iglesia Católica. Mi reconocimiento y agradecimiento al movimiento de Revuelta de Mujeres en la Iglesia. Es urgente un llamado a la conversión igualitaria dentro de la institución; una Iglesia que no valore el liderazgo y la voz de la mujer en igualdad de condiciones corre el riesgo de desconectarse del signo de los tiempos y del mensaje original de justicia del que presume.
Para que la igualdad sea, por fin, costumbre, necesitamos políticas de igualdad compensatorias, valientes y transversales. No bastan los gestos simbólicos; se requieren leyes, presupuestos y una educación que desde la infancia desmonte los prejuicios.
El feminismo nos hace mejores. Nos libera a todos —hombres y mujeres— de roles impuestos y nos permite ser seres humanos plenos. Ojalá sigamos caminando, con firmeza y sin pausa, hasta que pronto el 8 de marzo sea, simplemente, un día para celebrar que lo conseguimos, que la igualdad se ha hecho costumbre.
Pepe Montes.

