Agitar y servir - ¿Qué hemos hecho para merecer esto? - Plataforma Ecosocial Laudato Si Málaga

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jueves, 10 de septiembre de 2026

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Agitar y servir - ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Aún no nos lo podemos creer quienes confiamos en la racionalidad bondadosa y creativa del género humano, pero resulta que la ultraderecha, antidemocrática en fundamento, ya está aquí con el impulso de gran parte de los poderes fácticos de nuestro entorno y con el beneplácito de muchos electores, paradójicamente desde la cobertura de libertad y participación que otorga la democracia. 


Por supuesto que no creo en los castigos divinos —a pesar de que eso era lo que me enseñaban en mi infancia con el catecismo de entonces— pero podría admitir que nos autocastigamos con las consecuencias directas de nuestros propios comportamientos y omisiones. ¿Qué hemos hecho o estamos haciendo mal o hemos dejado de hacer para merecer esto? ¿Nos estamos mereciendo a la ultraderecha fascista, a Donald Trump —lo cito pero no es el único— y a los trumpistas —no los cito porque los tenemos por todas partes y sería interminable—? Si esto continúa y logran  sus propósitos podremos decir sin equivocarnos que es el fin del sistema democrático. Y entonces ya será tarde. Pero aún tengo esperanza. 


Esperanza porque creo que no estamos asistiendo al fin de la historia, aunque estemos viendo el retorno de las señales más amenazadoras del pasado adornadas con tecnología digital. Mas es evidente que asistimos a una involución o a un retroceso histórico donde la verdad, el multilateralismo y la solidaridad son sustituidos por la posverdad —mentira sistémica—, el chantaje transnacional, el resentimiento y el odio al diferente.


Esta tendencia cambiará. Así lo creo. Pero, cuidado, porque el auge ultraderechista y trumpista no puede ser calificado simplemente como un paréntesis en el avance del orden internacional. Representa un ataque bien diseñado al corazón de la democracia, un retroceso en justicia  social y en derechos humanos y una embestida implacable contra el multilateralismo cooperativo construido con el esfuerzo de generaciones sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial.


Analizar y encajar el impacto de tales políticas no suscita solo discrepancia ideológica; a mí me genera una profunda indignación moral y espero que a muchos les esté sucediendo igual. Sin embargo, la indignación, aunque legítima como motor ético, es insuficiente si no se dirige hacia el análisis riguroso, al compromiso y a la acción estratégica.


Para vencer democráticamente esta deriva antidemocrática —que aún podríamos—, es imprescindible desactivar su lógica autoritaria de manera práctica, constructiva y no violenta. Pero nos hemos descuidado y están llegando demasiado lejos. 


Yo veo al trumpismo y a las ultraderechas en general como antesala inmediata del fascismo. Y lo desconcertante es que las derechas democráticas están dándole invitación y paso libre. ¿Será que tienen esa querencia inconfesable hacia el autoritarismo deshumano o es simplemente la obnubilación de la erótica del poder? 


La política trumpista y de sus seguidores, en el ámbito interno, mina los contrapesos institucionales, intenta apoderarse del poder judicial y deslegitima al no adscrito, compra a los medios y degrada a la prensa libre categorizándola de "enemiga del pueblo" y erosiona la confianza en los procesos electorales. Su estilo de gobierno prioriza la lealtad personal sobre la competencia técnica, debilitando la profesionalidad de la administración pública y convirtiendo al Estado en un botín para el nepotismo y el capitalismo de amiguetes. En el plano internacional, los retrocesos son igualmente devastadores. El principio de seguridad colectiva y la diplomacia basada en reglas han sido sustituidos por la unilateralidad agresiva bajo la consigna de "América primero", que aquí se traduce en "prioridad  nacional". Al retirarse o debilitar deliberadamente acuerdos sobre el cambio climático, organismos multilaterales de salud y alianzas de cooperación, el trumpismo deja un vacío de poder que acelera la fragmentación de la gobernanza del planeta. Convierte la diplomacia en una extorsión comercial basada en aranceles arbitrarios, abandona a las democracias emergentes a su suerte y valida la lógica de los "bloques de influencia".


El trumpismo no posee la articulación teórica y sistemática del marxismo o del liberalismo clásico. Funciona, por tanto, como una ideología inconsistente, pero potente por su brutalidad, cuyo centro de gravedad no es un texto sagrado ni una doctrina formal, sino la movilización permanente del resentimiento popular contra la ineficacia del progresismo, contra las minorías "enemigas" y contra los organismos supranacionales que fiscalizan y controlan mediante reglas. Siempre contra el desarrollo de los "competidores": ven el mundo y el propio país como un campo de batalla. 


Esto no es un fenómeno limitado a las fronteras estadounidenses. El trumpismo ha exportado una franquicia internacional de movimientos y partidos comparsas que imitan su retórica, sus tácticas de desinformación y su desprecio por las normas institucionales. Es inspiración  para la ultraderecha y para gran parte de la derecha radical ansiosa. Quienes en sus respectivos países vociferan en favor de la soberanía nacional a menudo se someten sumisamente a los dictados de una potencia extranjera si ésta promueve sus mismos sesgos ideológicos.


Frente a esta amenaza autoritaria, la tentación de responder con la misma moneda —polarización, agresividad, cancelación y violencia— es comprensible, pero tácticamente suicida. El autoritarismo se alimenta de la polarización; la violencia reviste al tirano de pretextos para la represión y valida su narrativa de que la sociedad está al borde del caos.


La salvación del orden democrático frente al trumpismo requiere una estrategia constructiva, firme y pacífica. Condenar este "ordenado desorden internacional" y sentir indignación por sus estragos es el primer paso ético, pero la verdadera victoria no consistirá simplemente en derrotar a un líder como Trump o a sus mariachis en las urnas —ojalá que sea así—. La victoria llegará cuando seamos capaces de reconstruir un contrato social donde nadie se sienta olvidado, donde la verdad vuelva a ser el suelo común de la conversación pública y donde el orden internacional redescubra que la paz y la prosperidad solo son sostenibles si son compartidas. 


La regeneración de la democracia, el mundo que nos merecemos a pesar de nuestras acciones, descuidos y omisiones, no vendrá de la revancha ni de la fuerza, sino de la inteligencia  colectiva, del coraje pacífico y de la determinación inquebrantable de salvar y no renunciar jamás a la dignidad humana. ¡Hay que reaccionar!

Pepe Montes.