"Todo es mentira" es el título de un programa televisivo en Cuatro Tv que no he visto nunca. Siempre me ha parecido una afirmación muy contundente y desesperanzadora. Pero, vamos, que si no veo el programa no es por el título. Esa es también la expresión que se suele utilizar, muy exageradamente, para declarar la sensación de que por todas partes se nos intenta engañar. ¡No!, no puedo estar de acuerdo con que todo sea mentira. Ni mucho menos. Pero observo que progresivamente va ganando terreno y validez la aseveración, aunque espero que nunca llegará a ser cierta —valdría entonces ese posible oximorón de “todo es mentira es cierto"—. Y, lo peor, veo que cada vez nos extraña menos la mentira generalizada; cada vez normalizamos más esa realidad, aunque, en general —no sé por cuánto tiempo—, las personas normales aún veamos en la verdad un valor y en la mentira una maldad.
Como consecuencia, en esta era de la hiperconectividad, paradójicamente, hemos perdido la confianza en lo que nos dicen, tanto en las relaciones interpersonales como la que necesitamos depositar en las instituciones y sus representantes. La confianza era el hilo de Ariadna que nos permitía encontrar salidas correctas en el laberinto de las múltiples interrelaciones y comunicaciones combinadas.
Tiempo atrás, no teníamos por qué dudar de los demás. Lo excepcional era la persona embustera, el trolero, la mentirosa, el estafador. De entrada, cualquier persona merecía confianza. Y, si no, las puertas se cerraban. Nos fiábamos de un mundo donde "antes se cogía a un mentiroso que a un cojo", así de simple. Era relativamente fácil pillar en la mentira y eso provocaba gran vergüenza. Ahora todo es más sofisticado... y hay mucha más desvergüenza.
Hoy, la mentira no solo se ha infiltrado en nuestras pantallas; se ha normalizado, se ha profesionalizado y, lo que es más grave, parece que se ha vuelto rentable. Parece que triunfa y hace triunfar. Hemos pasado de admitir solo la "mentira piadosa" a la resignación ante la "posverdad estratégica", un escenario donde la realidad es modelable y los hechos, si no interesan, son simples estorbos que se manipulan para hacer el relato a conveniencia.
La mentira actúa como un corrosivo silencioso. En la pequeña escala —la familia, la pareja, el vecindario—, la falsedad rompe el vínculo afectivo y nos aísla. Pero cuando esa sombra se proyecta sobre la esfera pública, que es el caso, el daño es sistémico. La sociedad se pervierte y se puede romper.
En la Política se ha aceptado que el incumplimiento de la promesa es "realismo político" y que la noticia falsa bien utilizada es un "instrumento inteligente" para derribar al rival. También se admite que la rendición de cuentas sea un ejercicio de retórica creativa y no pase nada. Y, si eso hacen los de arriba, con enorme caradura, qué podemos esperar de los de abajo. Yo propondría que el político que miente a sabiendas debe ser apartado de la vida pública mediante mecanismos legales y el peso del voto.
En los medios de comunicación y redes los bulos y las fake news no son errores periodísticos; son armas de desestabilización masiva. Es imperativo que mentir y servirse de las mentiras deje de ser gratuito. Necesitamos leyes robustas que, sin menoscabar la libertad de expresión, penalicen la intoxicación deliberada de la opinión pública.
Si queremos reconstruir el tejido social, es urgente "declarar un estado de emergencia ética". Necesitamos un pacto universal que rescate la verdad del fango de la conveniencia. Y en todos los ámbitos la palabra dada debe volver a ser un contrato sagrado.
Nos encontramos en una encrucijada tecnológica. La Inteligencia Artificial tiene el potencial de ser el detector de mentiras definitivo, capaz de verificar datos en milisegundos. Sin embargo, también puede ser la fábrica de engaños más perfecta de la historia.
Poner la IA al servicio exclusivo de la verdad no es una opción técnica, es un imperativo moral. Debemos exigir algoritmos transparentes que prioricen la veracidad ante cualquiera de sus otras potencialidades. La tecnología debe ser el escudo, no la espada de los manipuladores.
Para recuperar la confianza mutua, recíproca y global debemos ser buscadores de la verdad, transmitir solo la verdad y educar "en", "por" y "para" la verdad. Deberíamos enseñar a las nuevas generaciones que la honradez es la forma más elevada de inteligencia. Crear un ambiente general que deje la mentira en evidencia. Que el mentiroso no sienta orgullo por su "astucia", sino el peso de la vergüenza y el reproche de su comunidad.
Estoy seguro de que será muy bueno retomar la dimensión trascendente de la sinceridad. En casi todas las tradiciones espirituales, la verdad es el camino hacia la liberación; la mentira, en cambio, es la prisión del ego. Todos tenemos la sencilla responsabilidad de practicar la veracidad en nuestras interacciones diarias. Ser valientes para decir la verdad, incluso cuando nos desfavorece.
La reconstrucción de la confianza global empieza por el compromiso individual de recuperar el honor de la palabra.
Un mundo donde la verdad sea el pilar fundamental no es una utopía romántica, es una necesidad de supervivencia. Cuando castigamos la mentira y premiamos la integridad, no solo estamos defendiendo la realidad; estamos salvando nuestra propia humanidad. Es hora de que el mentiroso vuelva a sentir el rubor de la vergüenza y que la persona justa camine con la frente en alto.
Conocer la verdad de los asuntos públicos es un derecho y es, ante todo, una vocación, en el sentido de llamada interior que nos hace buscar lo que nos realiza. La mentira es, por tanto, contranatural. La verdad nos realiza porque nos hace libres. Ya nos lo dijo el más sabio y comprometido en la materia, que hasta pudo decir de sí "Yo soy la Verdad".
Pero, ojo, también debemos ser conscientes de que, igual que uno mismo, los demás también pueden buscar y contar con honradez lo que consideran que es verdad. Seguramente por esa unión de búsquedas y transmisiones sinceras, queden desenmascarados los mentirosos, los propagadores de odio, los ventajistas y los aprovechados de los débiles y todos los demás podremos vivir y construir con confianza.
Pepe Montes.

