Algunos de mis amigos, que tienen la paciente amabilidad de leer estas reflexiones que escribo, que me conocen y saben mis derroteros de compromiso cristiano y que, por lo tanto, leen mis referencias frecuentes a la Doctrina Social de la Iglesia, me sugieren que tal vez debería pronunciarme sobre la distancia entre la doctrina y la práctica real de la institución y de gran parte de sus miembros. Me dicen que está muy bien que ponga en valor la doctrina eclesial, pero que no estaría mal mencionar el alejamiento de ella de la propia jerarquía y de la mayoría de los fieles. En definitiva, que sea algo más autocrítico. Y es cierto. La crítica constructiva es necesaria y la autocrítica, aún más. Y digo modestamente autocrítica porque si, en mi caso, critico a la Iglesia, no me mantengo al margen como fiel de base que soy, como si no tuviera nada que ver con la institución. Puedo y debo criticar a la jerarquía con la firmeza que me permiten mis convicciones y mi conciencia, con humildad y espíritu constructivo, pero más aún, o a la vez, puedo y debo ejercer la autocrítica como participante activo en la institución o comunidad a la que pertenezco.
Hoy muchas personas encuentran razones sociopolíticas y no de índole religiosa o espiritual para rechazar a la Iglesia e incluso para atacarla con más o menos virulencia, y no son necesariamente personas ateas o antirreligiosas. Algunos hasta se ciegan con un fanatismo nada respetuoso. Pero también hay buscadores espirituales, cristianos de base e incluso agnósticos que se plantean un dilema: se sienten atraídos por la figura y el mensaje de Jesús de Nazaret, pero radicalmente escandalizados por la institución que dice representarlo.
Resulta una ironía histórica que el mensaje cristiano, cuya esencia es romper barreras sociales, abrazar a los marginados y denunciar la hipocresía de los poderosos, haya terminado, en ocasiones, atrapado en una estructura que parece plasmar aquello que dice combatir.
La crisis de credibilidad de la Iglesia Católica no es algo novedoso ni un fenómeno caprichoso, sino que, entre otros motivos, es también el resultado de los mensajes morales que emite, muy cuestionables y superados socialmente, y por incoherencias escandalosas que chocan directamente contra el meollo del mensaje evangélico. Y, sí, nos viene bien atender en justa medida las críticas externas y autocríticarnos en aspectos como los que siguen.
El escándalo de los abusos sexuales y la pedofilia en el seno de la Iglesia no solo es una tragedia delictiva, sino una herida teológica. El encubrimiento sistémico ha estado dando prioridad a la salvaguarda de la "institución" sobre la protección de los más pequeños y las víctimas en general, en absoluta contradicción con el mandato de Jesús.
Otra realidad criticable: el clericalismo persistente que eleva a la jerarquía por encima del "Pueblo de Dios" —a pesar de las propuestas escasamente concretas de sinodalidad— que, además, mantiene una estructura de patriarcado que ignora el papel vital de la mujer, relegándola a roles secundarios y negándole la participación igualitaria a partir de trasnochadas "razones teológicas" que nadie, hoy día, puede entender en una institución que predica la igualdad ante Dios.
Otra gran motivación para la crítica y el alejamiento de tantos es la rigidez en el dogmatismo moral, especialmente en temas de sexualidad y de relaciones de pareja, lo que se percibe a menudo como una falta de empatía hacia la complejidad de la experiencia humana. Dentro, se dice con "benevolencia" que no se debe cerrar la puerta a personas que caen en ciertas situaciones irregulares; pero el "arreglo" de la irregularidad sigue siendo responsabilidad de la persona, que no la ve como tal, y no de la institución que se resiste a regularizar y adaptar a la sociedad y a los tiempos actuales aspectos de la moral que son reinterpretables a la luz del Evangelio.
La distancia entre la doctrina y la realidad social se ensancha en debates contemporáneos como los que se refieren a bioética, en los que se pone de manifiesto y se instrumentaliza partidariamente la inflexibilidad absoluta de la Iglesia; por ejemplo, ante la interrupción voluntaria del embarazo o ante el derecho a una muerte digna. El posicionamiento rígido es visto por muchos como una imposición que ignora las circunstancias concurrentes, el sufrimiento individual y la conciencia libre, a veces perpleja, de los afectados por singulares situaciones.
En otro asunto diferente, también objeto de escándalo mantenido en el tiempo, resulta difícil conciliar las abundantes riquezas no distribuidas y el uso de privilegios fiscales por parte de la Iglesia con la imagen de un Cristo que no tenía "donde reclinar la cabeza". La paradoja es evidente. Mientras el Magisterio habla en su doctrina social del destino universal de los bienes y denuncia la acumulación y el consumismo, las estructuras eclesiales, desde la Curia Romana hasta las diócesis históricas, gestionan un enorme patrimonio inmobiliario, colecciones de arte de valor incalculable —evidentemente no solo cultural sino también económico—, actividades financieras especulativas y fondos de inversión. Si añadimos en el cóctel la dosis de inmatriculaciones de bienes de dudosa titularidad aprovechando privilegios y ventajas concedidas por gobiernos afines e interesados, la cosa se complica para el criterio de muchos. Si bien es cierto que gran parte del patrimonio es artístico cultural —inseparable del culto y difícil de liquidar— o se utiliza para financiar obras de caridad y educación, la percepción social de su opulencia genera un escándalo que resta autoridad moral al mensaje de pobreza y opción preferencial por los pobres del Evangelio y lo convierte en una abstracción meramente teórica.
Sigamos con la autocrítica citando lo incoherente de la querencia y la práctica de la cercanía al poder. Es el histórico conservadurismo político y la alianza con las élites sociales lo que ha proyectado la imagen de una Iglesia más preocupada por mantener situaciones cómodas, e incluso privilegiadas, que por ser "voz de los que no tienen voz". Y, paradójicamente, se ha asociado a la Iglesia Católica Española, según se valora a la jerarquía, con los partidos de la derecha ideológica, y así se le ve, aunque a veces declare su neutralidad política. Muchísima gente interpreta que hay intercambio de favores o reciprocidad de apoyos al margen de la luz evangélica.
Así, el alejamiento de los fieles no suele ser una huida de lo sagrado, sino un rechazo a la hipocresía. La gente no se aleja de Jesús; se aleja de una aduana moral que pone cargas pesadas sobre hombros ajenos.
Llegados a este punto diré que esta crítica no la hago en representación de nadie, pero intento recoger lo que veo que se piensa a mi alrededor y comparto, porque estoy esencialmente de acuerdo.
Por otra parte, la autocrítica no consiste en subestimarse, sino en acercarse a una correcta percepción de la propia falibilidad. Por eso, en una crítica razonable y equilibrada, sería injusto ignorar las realidades positivas, que son muchas, aunque solo las enunciaré, sin jactarme, después de haber reconocido con toda la sinceridad que puedo, tantas debilidades. A partir de ese reconocimiento viene la fuerza trascendente de Dios. Y por eso, creo y quiero transmitir que la Iglesia es la mayor red de caridad y promoción social del mundo. Desde los misioneros en zonas de conflicto y en lugares de escaso desarrollo humano hasta las parroquias que alimentan a familias en crisis, el compromiso con el bien común y la justicia social es innegable. No creo que exagere si digo que los misioneros y Cáritas están en lo más alto de las valoraciones. Muchos cristianos y sus comunidades viven un compromiso radical con la justicia social, siguiendo el mensaje de las Bienaventuranzas. Es precisamente este contraste entre lo negativo escandaloso y lo positivo heroico lo que genera el cortocircuito de rechazo versus adhesión en el observador. Pero si nos podemos gloriar en algo, los cristianos lo deberiamos hacer en el Señor, no en nosotros mismos, como alguien nos aconsejó.
Bueno, espero que quienes me reclaman más autocrítica entiendan y admitan que lo he intentado. Personalmente creo que no está mal, porque la autocrítica nos impide convertirnos en monumentos de nuestra propia soberbia. Solo quien es capaz de mirarse al espejo sin filtros puede tener la autoridad moral para proponer cambios en el mundo. Autocrítica para el cambio. La reforma necesaria es una conversión profunda y constante hacia la sencillez y la vulnerabilidad del Evangelio original. En eso estoy y creo que la Iglesia también.
Pepe Montes.

